Bajarse al moro (II. Paisanaje)
Su aspecto es variopinto porque su raíz beréber ha sufrido los cruces raciales del oriente, de la negritud del sur y del colonialismo europeo: éste último de manera minoritaria, como no podía ser de otro modo. No es una raza en la que su nueva generación alcance más envergadura o altura por la mejora en las dosis de proteínas. Continúan, básicamente, chaparros y cobrizos oscurecidos, y los hombres, a una cierta edad, se estandarizan con su hábito de negro mostachón para remarcar el aspecto árabe. Pero son amables, hospitalarios, sociables y generosos en su carencia.
Sólo hay dos tipos de mujeres: la de cualquier edad que no ves o apenas intuyes y la joven que quiere ceñidamente aparentar modernismo occidental pero guardando aún el recato de su educación musulmana. Las primeras emanan punzadas de sus ojos –intensos pozos negros acordes con el tópico- que sientes clavada en tu pupila cuando se dignan (o se les permite) mirarte porque algo te solicitan. Las que secundan los cánones europeos querían, de modo agobiante, absorber la estética del aliño indumentario de las turistas.
En todo caso su mirada era cabal. La de todas y todos.
Pero me quedo con los niños (¿dónde no quedarse con ellos?): fantásticos y felices inocentes saludando con su manita al paso de nuestro autocar, pidiendo “bolis”, golosinas y también las horquillas para el pelo. Sonríen y se dejan acariciar sin resquicio de recelo. Algunos te hablan en un precario francés y los más interpretan en castellano la serie de frases hechas que han aprendido entre las que no faltan garbosos requiebros dedicados a las chicas.
A pesar de todo, los paisanos creen en el futuro y están convencidos de que el país mejorará: ¡pobres y candoroso moritos!: siempre les quedará la parabólica, el Madrid y hasta el BarÇa, la religión, ser explotados en cualquier paraíso europeo… o ahogarse en el estrecho.