Como todos alguna vez hemos comprendido, las cosas habituales, cotidianas, los hechos rutinarios nos suelen pasar absolutamente desapercibidos hasta que, por una causa u otra, desaparecen y nos faltan. En esta categoría cabe encuadrar a las personas a las que nos acercamos o que frecuentamos asiduamente y que, si exceptuamos a los familiares y algún amigo entrañable, forman parte de ese todo inapreciable que constituye el minúsculo universo por el que rotamos en órbita fija o, como mucho, en trayectoria muy predecible.
Hoy, por algún extraño fenómeno, me he parado unos segundos a distinguir ese círculo que diariamente me acompaña.
Si excluyo, igualmente, a los denominados compañeros de trabajo (no es el adjetivo adecuado: compañera es, entre otras muchas cosas, mi esposa; éstos son accidentes laborales reemplazables por un puñado de euros) he aquí la nómina por orden absolutamente aleatorio, según me llega su imagen:
Pedro, el Gitano. Vende pañuelos en la esquina de su propiedad (Ferraz con Marqués de Urquijo) y, eventualmente, pilas, paraguas e incluso calcetines. Su jornada es más reducida que la de un funcionario: de 10h. a 14h. Si consigue antes su cupo diario (creo que está tasado en 18 euros) recoge el material, lo deposita en la cafetería adonde coincidimos, y se va a casa con su abono del metro a esperar a los tres churumbeles que, junto a su pareja, mantiene con esas tres mil antiguas pesetillas. A mí me sacude cada día el impuesto revolucionario consistente en un euro y, de tarde en tarde, una caña.
En una ocasión le pregunté si le gustaría trabajar en algo fijo y me contestó que, tal vez, de portero o de conductor. Por continuar la broma (él no puede trabajar: su madre lo desheredaría, según afirma contundentemente) le comenté que yo le podría proporcionar un empleo ocasional en la vendimia, que tengo amigos con fincas. Su respuesta fue trepidante, con adusta indignación:
- Uy, payo, en eso que trabajen los negros, que pa eso han venío.
Dicen que no hay racismo en este país, ni siquiera entre los marginados de los marginados…
Pepe, el legionario vagabundo. Simplemente está para allá, pero a días. No admite los límites que le impone cualquier disciplina: la del centro de acogida, la de la residencia en la que pernoctó una sola noche, la de los parroquianos del bar… Nada. Se conoce que la virtud de la obediencia se le agotó, íntegra, en sus años en la Legión. Ahora es un ser libre que se restingre, en caso de perentoria necesidad, a mendigar el importe exacto de una cajetilla de tabaco o la invitación a un café con leche, dieta a la que está abonado como todos los que han cumplido 74 años como él. Duerme, si es preciso, en la puta calle (ayer, con el mercurio bajo cero, en la Plaza de Castilla, me ha confesado esta mañana) y no le recuerdo en más de diez años un solo catarro, a diferencia de mi débil salud arropada por calefacción constante y manta y edredón de países nórdicos.
Pepito cobra pensión asistencial que dilapida en los tres o cuatro primeros días del mes ya que, según afirma con toda convicción, en caso contrario se la mangonean las monjas del establecimiento social. Me lo creo.
D. Pedro. Es el consorte de la dueña de la administración de loterías del barrio que nunca ha dado un miserable premio a ninguno de los múltiples juegos a los que apostamos.
Según se chismorrea, la doña es hija del joyero Durán y se emparejó con este parásito que asegura haber ejercido en su lejana juventud la profesión de viajante de comercio (ya no quedan aventureros como ellos) porque el individuo pensó, como en el poema, en asentar la cabeza cuando mermó su riqueza y fue a casarse con una doncella de gran fortuna. Ahora se limita a escamotear la recaudación, jugársela en la máquina tragaperras y enseñorear su decrépita e imaginada opulencia. Mientras, una hija amargada -que bien pudo ser codiciado deseo de los mozos aledaños- y la trastornada señora atienden el negocio tras un blindado cristal que las separa, realmente, literalmente del mundo exterior.
¡Cuánta gente vive y sobrevive, explota todavía el cuento!
Bara, el negrito inmigrante e ilegal. Vende -y le compro- películas y CD piratas. Me cuenta (en su italiano bien aprendido tras años de estancia también irregular en aquellas tierras) que con lo que gana mantiene en su país de origen a su mujer, a cuatro hijos, a sus padres y a dos hermanos. Los D.V.D. no se ven pero yo me creo que hago una buena obra…
La fauna que asiste en el bar es indescriptible: hermanos y hermanastros, con un obeso ciclotímico al mando, capaz de ahuyentar a los más pacientes, fieles y pacíficos clientes.
Dice el gordo de uno de sus hermanos que es tan roñoso que hasta para darte la mano demuestra su tacañería: te da tres dedos en vez de los cinco. Y es cierto: un accidente le privó del índice y del pulgar. No se puede ser más cínico y lacerante.
Los empleados que no son familia, pues eso: gente acomodada, incapaz de tomar una decisión por su cuenta y que soportan una disciplina decimonónica de meritorio de colmado, con lo sencillo que es encontrar trabajo en el gremio de la hostelería…
Luego hay toda una estirpe de parroquianos que bien podrían llenar no un post sino un libro. Otro día hablaremos de ellos.
¿A qué viene todo esto? Pues a que ésta es la España real, la de cada día, la que encontramos en la esquina. Y no le demos más retórica al tema: esto es lo que hay. Quizás debiéramos plantearnos nuestra realidad con un poco más de humildad y pensar cuántas mejoras necesitamos todavía en este país. Desde luego, con dirigentes como la concejala de asuntos sociales de Madrid y sus actuaciones, no esperemos grandes avances… Prefiero ver si ZP consigue los logros que su gobierno parece apuntar.