La magnitud de la tragedia
Para mí uno de los efectos más devastadores del 11M fue el goteo en la contabilización de las víctimas: a las 7:55 se hablaba de tres fallecidos y varios heridos; cuando llegué al trabajo ascendían ya a once y decenas de afectados… y así sucesivamente hasta completar el fatídico guarismo final.
Algo parecido está sucediendo con el multitudinario desastre que afecta a medio mundo (¡qué barbaridad: desde Singapur hasta Tanzania y Somalia!) y del que, dada su magnitud, personalmente no conservo memoria de algo semejante. No es menos cierto que se podía prever algo parecido debido a la localización de la tragedia; aunque a medida que pasan las jornadas parece no tener fin el número de víctimas: la miseria siempre ha estado aliada con el infortunio. O al revés.
Pero mi reflexión está más en la lejanía con que nos llegan los ecos de esos treinta mil, cuarenta mil o sesenta mil cadáveres -solamente amplificado porque somos sabedores de que algunos occidentales y europeos se han quedado incrustados entre el amasijo de escombros y ruinas- para los que la Navidad ha truncado definitivamente su proyecto de vida.
¿Qué harían en el preciso momento? ¿Cuál sería su último pensamiento? ¿Qué sentirían ante algo inaudito, inesperado, tremendo?
Nos cuentan que, al menos, un tercio de los fallecidos y desaparecidos eran niños. Yo no sé distinguir muy bien un difunto púber de uno anciano: los muertos son todos iguales. Y, me parece, es eso una táctica para ablandar nuestras navideñas conciencias ahora que estamos en pleno despilfarro consumista.
Pero lo que tampoco sé es cómo ayudar: no me satisface poner dinero en una cuenta corriente. Aunque me temo que es la única alternativa.
ACTUALIZACIÓN: Ya hay más de 100.000 muertos oficilamente y se prevé que se puedan superar los 200.000. Se confirma que el “tsunami” ha afectado de forma grave, además de la zona asiática, a Somalia y a Tanzania, a Kenia, Las Seychelles y Madagascar que se encuentran a más de 5.000 kilómetros del epicentro del maremoto. ¡Terrible!
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