Los candidatos (I): Mariano Rajoy
Mariano es viscoso, húmedo. Parece hecho de blandiblú, inalcanzable su físico, simple su espíritu. Escupe al hablar, y eso le da todavía más aspecto de mojado. La lengua apunta siempre al cielo de la boca, como si tuviera frenillo, lo que hace que sus frases nunca parezcan rotundas; aunque el contenido -vacuo, reiterativo y oscuramente demagogo- tampoco le ayuda a ser concluyente. Lee siempre -como los buenos y previsibles consultores que lo llevan todo apuntado- para no contradecirse ni contrariar a su jefe, que últimamente le ha subido el sueldo.
Tiene el pelaje grande y bonachón de todos los capachillos de las hostias que en el cole han sido. Además, retiene el aparente estigma de llevar gafas desde recién nacido, signo inequívoco de haber recibido mucho. Y quiere esconderlo detrás de una barba forzada que podría confundirle más con un sociata a la moda de los ochenta que con el prototipo de los de su banda (véase Sr. Arenas). Sin ella, quizás se le imaginara como un frailón zampabollos, rijosillo y con tendencia pederasta.
Detrás de las inermes pupilas, la mirada algo triste y desfondada, como de buey, de quien ha obedecido lealmente sin preguntarse sobre la ética ni la causa.
La nariz, correcta, no dice nada pero tiende a escapársele del rostro en el que sobresalen unas orejas objeto de escarnio infantil.
Definitivamente caído el belfo, su hocico pertenece a la estirpe de los segundones o los fracasados, aunque ganará las elecciones.
P.D. El autor no se hace responsable de sus opiniones ni de sus hipotecas (BBVA, jódete de una vez)
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