Después de la tragedia vino la reflexión, y el domingo llegó la revolución democrática. Los españoles pedimos un cambio, y las palabras del PSOE, del PP , y de todos aquellos que apoyan a ambos volvieron a dar sus frutos. Trataron de convencernos desde el principio de la campaña, y casi desde el principio de la democracia, de que España es un país bicéfalo políticamente, y parece que lo han conseguido.
Estoy contenta porque mucha gente nos levantamos a votar, y lo hicimos ilusionados, sonrientes y en silencio. Sabíamos que nuestros gritos no habían servido de nada, pero esta vez era distinto. Esta vez nuestros gritos estaban dentro de un sobre blanco y otro salmón.
Sin embargo, yo pertenecía a esos miles de votantes indecisos, que pasaron la última semana de campaña reflexionando. Todo lo acontecido me influyó esos días a la hora de votar, y cuando digo todo lo acontecido, me refiero a que me remonté en el tiempo y analicé desde el primer día al último de esta democracia y de estos gobiernos.
La historia me recordó que PSOE y PP habían gobernado España a sus anchas, que ellos habían robado la esperanza, la ilusión de un sistema. Que habían hecho que los españoles confundieran el significado de la palabra prometer, por el de la palabra mentir. Y que ninguno de los dos había estado a la altura de los ciudadanos.
Por eso creí en el cambio, pero en el cambio de verdad. Y sigo esperando que España deje de ser bicéfala, que no me engañen con “el voto útil”, que un día se deje de mirar de lejos a eso que llamamos las minorías, y nos demos cuenta de que en la lista electoral, en la calle y en los medios hay más de dos, gracias al cielo…
Mientras tanto señor Zapatero, haga usted lo que debe. Recuerde que lleva las ilusiones de millones de personas en los bolsillos, no vaya a ser que se le escapen, como antaño ocurrió con otros, por algún agujero mal remendado…
Uno tiene una formación (escasa) básicamente humanística y de letras. Pero por fas o por nefas me he encontrado toda mi vida profesional acosado por los números. Así que me han terminado por gustar un poquito o, al menos, juguetear con la interpretación de los mismos.
Y es que hay datos electorales cachondos como el de los votos nulos: ya sabéis, papeletas de partidos inexistentes o ilegales, papeletas enmendadas o erróneas, la del Senado en el sobre del Congreso y viceversa, etc., etc. y son 261.590 votos nulos (el 1,01% del total) duplicando los recogidos en las elecciones de 1996 y más de 100.000 comparándolos con los obtenidos en 2000.
Aparte de las confusiones –imposibles de evaluar- ¿qué quiere esto decir? ¿Cómo se explica que más de 250.000 ciudadanos se tomen la molestia de acudir al colegio electoral y derrochar su voto? Ni Coalición Canaria ni BNG ni, de lejos, Chunta Aragonesista, EA o Na-Bai se acercan a esas cifras. Tampoco pueden asimilarse a los 181.000 votos que obtuvo EH en las elecciones de 1996. Son, pues, caldo de cultivo para nuestros amigos de Ciudadanos en Blanco… o más bien son una cuadrilla burlesca que representa el espíritu jaranero, agorero y algo destructivo que siempre aparece en algún rincón de nuestros genes.
¡Ah: y otros 406.789 votos en blanco! Ciudadanos perplejos, aturdidos, desorientados que, sumados a los parranderos, supondrían una fuerza electoral superior a ERC, por ejemplo.
Somos una banda de marchosos…
© 2003 |
Licencia
de uso Creative Commons License |