Bajarse al moro (I. El paisaje)
Tiempo atrás decidí que esta vez la inmisericorde climatología no iba a malograrme más años mis codiciadas -por rompedoras de la rutina laboral- vacaciones de Semana Santa. Así que, antes de que comenzara a caer lo que ha caído, me reservé una semanita en Marruecos, país tan inmediato y que no conocía. Luego pasó lo consabido e incluso lo de Leganés me sobresaltó en la habitación de un funcional hotel de Casablanca. Y la otra debacle, la del Madrid contra los monegascos, en Fez: ¡cómo sufren los moritos cuando al Madrid le dan estopa…!
Con la débil opinión encontrada de algunos familiares y allegados, el sábado -con mis pertrechos de auténtico guiri- me embarqué rumbo a Marrakech junto con mi chica, alias “Pececillo Encapsulado”: no permitiré que ninguna intimidación espuria quiebre mi existencia ni la de los míos.
La primera y seductora fascinación nos conmovió desde el avión al contemplar los inmensos campos de primavera desmesuradamente coloreada por valles de flores silvestres, rojas y violetas, de arbustos teñidos con rabiosa pintura infantil y trazos impresionistas. Mi lógica capitalista me hizo pensar que eran cultivos de capullos para la exportación. Mas no: justo a nuestra izquierda, emergió el poderoso Alto Atlas, con sus imponentes cumbres nevadas en abierta confrontación con las barrocas praderas, y comprendimos que la naturaleza declaraba la sazón agreste de los pradales y no una humana y artificiosa compostura.
Luego, ya en tierra, reflejando el sol el intenso color casi rubí del suelo, percibimos claramente la luminosidad africana e inmediatamente sentimos la extranjería, la extrañeza de un paisaje humano y terrenal que nos escoltaría ya durante toda la estancia. Y sin embargo, cuánto pretérito en común que hogaño desdeñamos o ignoramos: almohades, almorávides, benimerines, el Sahara de los beréberes con su rutilante habla española…
Marrakech: palacios, mezquitas, palmerales, jardines. Inmensos campos de cereales, naranjales, huertos, vides, olivos. Vagar por su zoco: tahonas para amoroso pan familiar, esencias de canela y gengibre, almizcle, tiendas de todo, pretendidas joyerías, insalubres carnicerías de corte tradicional, pescaderías de moscas… Inevitablemente, la plaza Jemaa el Fna al ocaso que inventa todas las luces del minarete y llena el entorno de especias, de cantos y de músicas, de incomprensibles relatores de leyendas orales, de fraudulentos encantadores de adormecidas serpientes, de nigromantes, de fulleros y logreros, de mercachifles. Humeantes perolas de caracoles, de cabezas de cabrito enteras y asadas con sus barbas y sus cornamentas, de mollejas y despojos, de azafrán y canela, de "tajín" de ternera; de tenderetes de bancos corridos donde comer pollo al curry, "couscous" de verduras, "pastela" de paloma mechada o de finísimo y dulce hojaldre y azúcar. Frutos secos y dátiles como dedos de huríes, té verde con sobreabundancia de yerbabuena. Simulada cerámica local y aledaña, baratijas de incierto material noble, danzarines travestidos, todo el universo musulmán mezclado en los “flashes” de las cámaras digitales de los turistas… Inagotable Jemaa el Fna e imprescindible para evocar cada tarde en la que el narcótico del tedio arremeta contra nuestras almas.
Casablanca, siguiente parada. Paradigma de la desigualdad. Ciudad moderna, por tanto, con residenciales escandalosamente lujuriosos y chamizos derruidos con su indispensable parabólica como mástil con el que bogar por un soñado mundo de ilusiones para romper la decrepitud de cada día. Impresionantes las dimensiones de la mezquita de Hassan II como sobrecogedor dispendio a costa del hambre del pueblo. Barrios sórdidos, gente derrotada y sin esperanza; ricos muy ricos: el más duro occidente en el África.
Rabat: correcta metrópolis administrativa una vez más con un insólito mausoleo para monarcas feudales alhauitas.
Meknes: grandiosa construcción de enormes dimensiones para el sentido y para la proporción humana. Reyes, visires timoratos construyendo circulares empalizadas, una tras otra y tras otra, asediado su propio pánico cerval. Caballerizas infinitas ahora huérfanas de heces y relinchos en sus alineados pilares desnudos. Silos fresquísimos y naturalmente climatizados para guardar hoy de la solana a los incautos visitantes .
Fez: morería intrincada y abigarrada, infame; barrios de oficios, artesanos medievales sumidos en su labor; rucios portando con donosura las cajas de Coca-Cola o las cántaras de miel y leche. También el detritus o los lomos de ternera o al varón que desde la grupa varea por igual a su burro que a una de sus mujeres cargada como una acémila. Singular vehículo ese pollino que sabe bien el camino.
Así lo vi.
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