puedo prometer y prometo

22 de Marzo de 2005

El cartero

Archivado en: Vida — D@vid @ 2:06 pm


En mi infancia había un personaje habitual que me resultaba atractivo y, al tiempo, turbador, como todo aquello que más tarde aprendí que provoca la seducción desenfrenada y sin bridas que produce el vértigo del amor o de la droga. Era el cartero.

Mi padre -regresado de su forzado exilio y despojado por el Caudillo de su profesión de maestro- no tuvo otra que montar un negocio y puso una librería desde la cual resistió contra Franco, y a la que muchos identificaban como un nido de rojos merecedores del paredón o, cuando menos, del confinamiento perpetuo. Ciertamente, por el final de los sesenta y primeros setenta, allí celebramos algunos inocentes contubernios que recuerdo con afecto y añoranza. Como decía un mi tío: contra Franco vivíamos mejor…

Aquello, a pesar de Franco, resultó una fortuna codiciada por todos mis amigos pues yo podía leer gratis todos los tebeos antes, incluso, de ponerse a la venta y, además, finalizaba el primero las colecciones de cromos (”santos” los llamábamos, creo que rememorando las estampas de los virtuosos cristianos). Evidentemente había truco que consistía en que mis hermanos y yo abríamos subrepticiamente los sobres y dábamos el cambiazo a todos aquellos que nos faltaban para completar el álbum. Luego los volvíamos a cerrar con engrudo, un pegamento casero hecho a base de harina y agua producto de la escasez de la posguerra y que yo observaba, con ojos de aprendiz de alquimista, cómo amasaba mágicamente mi madre en los fogones de carbón y leña de nuestra cocina económica.

Simultaneaban el local las funciones comerciales y las de vivienda por lo que no era extraño verme jugar sentado en el suelo, acompañando mis luchas de indios contra vaqueros con el trajín de los parroquianos, hasta que llegaba el cartero: paraba inmediatamente cualquier actividad y me fijaba, expectante, solamente en él, centro único del mínimo universo que rodeaba mi niñez.

Entonces los carteros vestían uniforme de color gris, como la temida y represora policía armada, con gorra de plato, y portaban en bandolera una gran carterón de cuero ajado, con cierres y hebilla de imperceptible dorado, dispuestas las cartas y paquetes según el orden de distribución. Él sentía mi mirada y me la devolvía con una mueca extraña, de incógnita: no comprendía si yo le admiraba o le temía. En realidad, las dos cosas: observaba a veces el gesto adusto de padre al recibir algún siniestro y amarillento sobre con sello oficial o aquellos orlados en luto que anunciaban la muerte de algún familiar o conocido. Pero también nos traía las cartas de seres queridos y allegados y hasta recogía, solícito, mi pedido a los Reyes Magos en la época en que éramos tan pobres que no había, como ahora, ni Pajes ni Papá Noel ni centros comerciales.

Por extrañas combinaciones de la memoria, lo he recordado. No sé tan siquiera si vivirá. Aunque mantengo fresquísima su imagen de hombre joven y limpio, siempre impecablemente rasurado, posiblemente esté ya muerto. Quizás en eso consista la inmortalidad, en la súbita e inesperada e inexplicable aparición de tu recuerdo en los otros.

Hoy no he podido dejar de escribir este retal de mi infancia que me ha invadido, de repente, con la complicidad arbritaria de la caprichosa sinrazón.

3 Responses to “El cartero”

  1. La caminante Says:

    Nunca sabemos que rastro dejamos con nuestra existencia.
    ¡Dios mio! un padre librero. A mi me dan a elegir entre un padre banquero y otro librero y eligo el sengundo, por lo menos ahora de adulta.
    Mi padre era portuario, tampoco estaba mal….

  2. D@vid Says:

    Caminante:sí­ pero no: con un padre banquero puedes comprarte la liberí­a…Eso es cinismo, pero es lo que hay.

    En serio: que conste que te podrí­a describir hasta los rincones más recónditos del negocio y la disposición exacta de los artí­culos. Eso quiere decir que allí­ me desenvolví­a en el perfume de la felicidad.

  3. iFrasier Says:

    “Quizás en eso consista la inmortalidad, en la súbita e inesperada e inexplicable aparición de tu recuerdo en los otros.”

    Pocas veces en mi cortí­sima existencia he podido ver mis pensamientos tan bien reflejados en palabras de otro. Saludos.

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