puedo prometer y prometo

30 de Agosto de 2005

El aroma de las palabras (final)

Archivado en: Recuerdos — D@vid @ 12:02 am


Chinarro.

1. m. Piedra algo mayor que una china.

Desde que hace un par de siglos perdí una apuesta con mi señora (con el consiguiente desdoro para mi dignidad lingüística) a costa de la existencia y el significado de la palabra garrucha cuando porfiábamos sobre términos castellanos, no opino ni confirmo nada si no es en presencia de mi diccionario.

Chinarro es como mi esposa denomina cariñosamente a su perro -un yorkshire terrier que le regalé, a petición, por Navidad- y que está resultando, por sus extravagancias y caprichos consentidos, toda una extensión de cualquier hijo tardío. No digo más que si micciona en parque público o atiende alguna orden se debe a su propio instinto y a los inteligentes genes heredados de su raza que desde hace cientos de años convive en común techumbre con el hombre. Nada achacable, por tanto, a la educación recibida o a la disciplina impuesta. Vamos, tal que un vástago.

Así que cuando su ama comenzó a decirle chinarro, chinarrito, me fui raudo, quedo y directo al manual de la RAE a consultar… y luego callé para siempre.

Es término que usa con asiduidad mi suegro, castellano viejo de apellidos con tanta raigambre como Vivar o Lara. Es él hombre con la justa instrucción de lo que antiguamente denominábamos las cuatro reglas pero heredero forzoso de esta hermosa lengua que, como los amores más profanos, estamos arrinconando. También señala como ligaternas a los saurios comúnmente conocidos como lagartijas… Y una prolija lista de palabras absolutamente magníficas que conservo en el mejor y más cuidado escondite de mi memoria.

No tengo ninguna seguridad (ni falta que hace, sobre todo a tenor de los escasos comentarios recibidos) de la utilidad de la serie que sobre las palabras he escrito durante las vacaciones ni, tan siquiera, del futuro de nuestro idioma que, al igual que algunas especies, podría desaparecer sin que el mundo padeciera el más débil espasmo. Da lo mismo. Yo sólo he buscado mi satisfacción personal y la de aquellos que obtienen algún placer con este juego acrobático que a mí tanto me priva.

Chinarro me trae el aroma del humo que se escinde desde las lumbres que calientan la gloria (acepción séptima del diccionario. Y se acabó).

3 Responses to “El aroma de las palabras (final)”

  1. adiskide Says:

    Pues yo me quedo con Lolo.

  2. Julián Says:

    No estoy leyendo diccionario, pero lo de garrucha me suena a carrucha, polea o así­. De la misma manera chinarro es en lo que yo entiendo, una piedra que se puede coger con una mano y que es redondeada, no apta para el tiragomas por ser mas grande de las de dicho uso.
    Estas eran ideales para las pedreas o dreas cuando no tení­amos ni tiragomas ni honda ni siquiera cinturón que hiciera las veces.
    Por otra parte te diréque mi trabajo, y lo digo muchas veces, consiste en fabricar aglomerado, es decir, chinarros envueltos en galipote, de eso negro que se pone en las carreteras.
    Por lo que la conclusión es que los cinco años que te llevo denotan otro tipo de aprendizaje callejero.

  3. david Says:

    Ya, hermano. Lo que sucede es que yo nací­ el año en que desaparecieron las cartillas de racionamiento y, además, me criaron con pelargón. Y eso se nota.

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