Gea
Llevo yo tiempo meditando sobre los fenómenos anormales que alteran mis rutinas diarias y entre los que destaca la reciente y sobrevenida afición a recortarme las uñas de las manos de una en una. Me explico: hoy una, el sábado otra, el domingo dos, según me molestan o se quiebran y así sucesivamente con el lamentable y presumible resultado para la estética de mis falangetas. De los cascos de los pies, ni comentario: a esos les toca poda una o dos veces al año, haga o no haga falta, si bien suelo requerir, para tal evento, la asistencia técnica de aperos especiales.
También han crecido desmesuradamente y de manera arbitraria mis guedejas, contrastando con el formal aliño con el que acudo a mi trabajo y en el que mis subordinados murmuran de reojo sobre esta imagen que, más que modernidad o aire bohemio, me aporta cierto aspecto descuidado y, por qué no decirlo, de haragán.
Lo que más me sorprende es que, extrañando tanto la lluvia (imprescindible para la vida y dulce alimento para la melancolía), no echaba de menos a las nubes: posiblemente es tal la necesidad de agua que la sueño emergiendo incorpórea.
Hay más asuntos exóticos y misteriosos que me asolan, tales como sentirme incapaz de terminar libros o novelas aunque resten un par de capítulos para su finalización; llegar tarde, por norma y por que sí, a la oficina; no llamar a los amigos, comer a deshora y frugalmente, beber como siempre, olvidar los delirios, cavilar absorto sobre temas intrascendentes, imaginar lo cotidiano… En definitiva: me he instalado en una fase de provisionalidad, en un estadio de holgazanería que ni los grandes asuntos políticos nacionales (¡vaya patrañas!) me sacan de mi ensimismamiento.
¿Qué me pasa, doctor?
Tal vez esté percibiendo los latidos de la Madre Gea, que está hasta los ovarios de todos nosotros y de nuestros abusos, y que me susurra: ni te muevas, que voy a por vosotros.
¡Qué nimiedad somos (hasta los invencibles y heroicos americanos de pacotilla del 11S) si la naturaleza se subleva, y cuánta fútil soberbia nos desborda !
Septiembre 7th, 2005 at 12:32 am
Las uñas de los pies superan al estatut… cosa curiosa… los catalanes (sin ninguna acritud) se hacen con el poder de la energía pero claro nos preocupa nuestra larga cabellera
Septiembre 7th, 2005 at 7:41 am
¡Pero quécortito de miras eres, Merlintxu! Preocúpate de si, a este paso, vamos a tener alguna clase de energía mejor que de aceptar, a pies juntillas, las tesis de La Razón o de Pedro J. Calvorota sobre la urdimbre política de una operación que ya el P.P. quiso hacer con resultado de estrepitoso fracaso, como va a ser ésta. Al tiempo si no.
Septiembre 8th, 2005 at 10:03 am
David, ¿por quéhas cerrado “el aroma de las palabras”? Se echa de menos
Septiembre 8th, 2005 at 4:00 pm
Respuesta:
Porque los lectores de esta bitácora no se lo merecen.