Praga
El niño despertó inquieto poco antes de que su madre alcanzara su dormitorio para anunciarle la detestable rutina diaria.
Como cada mañana, desde hacía meses, empleaba esos instantes de soledad en contemplar su tesoro, su cajón secreto que bajo la cama crecía incomprensiblemente todas las noches, alimentado por sus sueños que imaginaban callejas, casitas, colores, puentes, torres, iglesias, castillos… Y como si el día poseyera a la noche en un acto inmenso de amor cada amanecer se preñaba de un nuevo edificio, arcos ovalados, pinturas, arcadas, torreones, todos hijos de sus pensamientos febriles que el día alumbraba en su vieja gaveta.
Cuando llegaron las Navidades el niño sólo pensó en repasar y contemplar cada una de las maravillas que, de la nada, rebosaban ya la caja.
De pronto, una noche, sintió la conversación de los adultos: tenían que marcharse a otra ciudad, se mudaban porque su padre había conseguido algo ininteligible para él pero que les obligaba al traslado.
Subió a su alto cuarto, en la buhardilla, y admiró el cielo estrellado sobre el río que desde la ventana inundaba de lechosa luminosidad la estancia.
Quedó adormecido, soñando nuevas calles, casas estucadas, torres doradas, cúpulas, sinagogas, tenderetes, pardas luces, orillas plateadas…
De repente, en mitad de la noche, despertó, y en un impulso arrebatado buscó el cajón, subió al tejado y arrojó el contenido de la caja desde lo más alto al tiempo que estrellas fugaces invasoras del invierno iluminaban en su caída a todas las pequeñas maravillas de su tesoro. El azar, el caos, construyó una ciudad…
Así nació Praga.
O, al menos, es como lo ha imaginado mi mente de niño adulto después de disfrutarla por primera vez, como a la novia adolescente a la que acaricias el pelo y las mejillas como suprema y temblorosa demostración de amor.
Septiembre 30th, 2005 at 9:35 am
Mejor descripción es imposible. Yo no me atreví a hacerla, pero pintando recuerdos eres el mejor.
Ah! Gracias