Leonor: six millions euros baby
Hoy ha nacido un nuevo bebé, una niña. Y eso está bien. Durante su infancia y adolescencia los mejores pediatras y especialistas médicos cuidarán esmeradamente de su salud. Y eso es una espléndida nueva. Esa niña tiene asegurada una selecta y privilegiada educación en la que se incluirán varias lenguas extranjeras, apoyo de profesores privados y tutores, y estudios en eminentes universidades foráneas. Y eso es mejor, una gran expectativa. La joven gozará, sin mayor esfuerzo, de soluciones habitacionales de cincuenta y siete metros cuadrados… para cada uno de los múltiples baños de su inmensa residencia. Y parece una conquista extraordinaria.
Ya de adulta, no se preocupará por conseguir su primer empleo: lo tiene garantizado. Y eso parece también una gran noticia. Ni tampoco conocerá las economías de guerra que aplican sus conciudadanos para llegar a final de mes y, por tanto, le falicitará cultivarse en artes y letras, en conciertos, exposiciones y actos culturales, engrandecer su vida intelectual y espiritual. Y eso es sensacional.
Lo que prejuzgo injusto es que, en la parte alícuota que me corresponde, esté yo obligado a costear esa vida regalada sin poder objetar ni escoger otra opción, aun en el caso posible de que la sujeta no sepa aprovechar las dádivas que el destino le otorga, ni disribuir entre mis descendientes esas atenciones o donarlas a quien considere más necesitado y oportuno.
Ya sé que un presidente de república acarrea gastos similares, inferiores en cualquier caso. Pero, al menos, el dispendio es bajo mi irresponsabilidad democrática de elector. Y lo puedo repudiar al cabo de cuatro años. A ella no. Ni a los seis millones de euros para La Casa Real asignados en los próximos presupuestos del estado.
Los monárquicos, sus patrocinadores y hasta los reyes no quiere ni oír hablar del cambio constitucional que la vigente ley sálica (o fálica, que dice mi hermano) obliga para que Leo ejerza de futura reina de España (con perdón) o de lo que reste de nación para entonces. Y maniobran enmascararlo, en popular referendo, con interpelación tipo: ¿ratificas la abolición de la prevalencia del hombre sobre la mujer en la sucesión monárquica y apruebas la obtención de un piso de cien metros cuadrados, bien comunicado, por treinta mil euros? Un poco de inseguridad hay en el ambiente, creo yo, y si no adelante con los faroles: que mucho juancarlista abunda, mas no tantos felipistas, leonoristas ni realistas de convicción.
Desde que a este principito le dio por comportarse como al resto de los mortales, atisbo, con gran jolgorio, el final de la monarquía: si quieres igualarte al pueblo, casarte con una angulosa, astuta, tosca y trepa villana de segundo plato, atente a las consecuencias. En todo caso, agradecido, su alteza: es lo que tiene mezclarse con los plebeyos: en un arrebato, en un mal día de menstruación o padeciendo una resaca adobada con jaqueca mortal, van y te gritan: ¡VIVA LA III REPÚBLICA! Y a tragar.
¡Lo que nos vamos a ahorrar!