Mi abuelo paterno fue el regente de la primera administración de lotería que hubo en Soria por lo que mi padre, hombre racional y aficionado al cálculo y a las matemáticas y familiarizado con la ley de probabilidades y la realidad de la escasez de premios que reintegraban, era un auténtico escéptico de los juegos de azar.
A mi abuelo materno le tocó un año el premio mayor del sorteo de Navidad, dinero que dilapidó, aconsejado por quién sabe, en inversiones tales como mantones de Manila y abalorios de la misma especie, lo que no le frustró a mi madre para continuar con la afición hasta hace muy pocas fechas.
Hubo, por tanto, en mi casa familiar una contradictoria dicotomía muy bien llevada entre mi padre y mi madre a propósito de los gastos en lotería que, como en todos los casos, se inclinó del lado de la mujer de la casa consentida con sano descreimiento por el marido.
Pero durante muchos años persistió en aquel hogar una ceremonia mágica al final de la noche del 21 de diciembre, ya inauguradas las vacaciones escolares, en las que mi padre requería a mi madre para que le confesara cuál era el monto mayor que jugaba a un número de la lotería navideña. Mi padre hallaba instantáneamente el importe del supuesto premio y, a continuación, desplegaba una hoja de libreta para que cada uno, comenzando por mi madre, pidiéramos lo que más deseáramos comprar y lo anotaba con su pulcra caligrafía de maestro antiguo de escuela, añadiendo el valor estimado del objeto deseado. Hacía la resta al final y nos anunciaba la cantidad que todavía nos quedaba para cualquier otro capricho.
Al día siguiente, con la radio cantando el soniquete de los números y las pedreas, llegaba la desilusión y la hoja se rompía con la consiguiente retranca de mi padre acerca de la esquiva fortuna. Al menos la mañana pregonaba las vísperas de unos días de asueto, de la afanosa construcción del Belén, con excursión al helado campo soriano a recolectar musgo, de las cenas en familia, de los juegos de cartas en los que siempre se apostaba dinero y que, sorprendentemente, también siempre terminaba por ganar el más pequeño de la casa aunque no supiera ni sostener los naipes.
Recuerdo que mi hermano mayor, con la terquedad que de por vida le ha distinguido, pedía año tras año una moto; y yo puede que una bicicleta o un fuerte con vaqueros y un campamento con tiendas de indios. Al final todos obtuvimos todo a pesar de nuestro infortunio en el juego: es la magia de las Navidades a pesar del sorteo más tonto del año.
Propagan los memos de este país que León es la provincia española con más alto índice de inteligencia... Porque, dicen, el más tonto es presidente. Desconocen, dentro de su más tradicional e inmensa estulticia, que el idiota de ZP nació en Valladolid, lugar eminente de gitanos y gente ignorante en general, pero no recuerdan que en Madrid nacen hijos de puta cada pocos minutos, incluyendo ex presidentes de este país.
A mí, personalmente, Rajoy me parece un memo de baba, con el belfo caído y al que en cualquier momento la salivilla le sobrepasa la comisura de los labios dado su retraso mental e incapacidad o discapacidad para controlar los músculos. Y, sobre todo, se me asemeja a un pelele, a una inerme marioneta en manos del enano asqueroso, repulsivo, rencoroso y desabrido Aznar.
Si para estos ignominiosos del P.P. todo vale, incluido el burdo insulto, nadie tendrá la osadía de reprocharme mi lenguaje: solamente les imito, continúo su tarea y me limito a utilizar sus formas. Y desde luego creo menos peligroso a un imbécil que a un canalla patriota que defiende exclusivamente a los plutócratas.