La mesa petitoria (¿o “pepeitoria”?)
Como cada mañana dominical, tras un desayuno madrugador y algo más extenso que de costumbre, paseo mi curiosidad por las páginas de Internet al tiempo que, aún en estricto pijama, me acompaña la fiel radio con sus noticias y sus tertulias casi siempre políticas o de actualidad.
Un poco más tarde, con la luz pregonando ya el renacer a la vida, me aseo y salgo con el perro de mi señora (lo compramos macho: ¿cómo iba yo a clarificar a los amigos o allegados que eventualmente me localizaran por el móvil, y a su pregunta normal de “que, qué haces”, les respondiera que me encontraba paseando “a la perra de mi mujer”?) mientras trato inútilmente, domingo tras domingo, que me acompañe a la compra del pan y del periódico: este chucho se ha contagiado de la misantropía que se practica de modo más o menos consciente y coherente en mi casa.
Debo, pues, regresar y apañármelas por mis medios para acercarme al pequeño centro comercial donde practico la indispensable liturgia de adquirir el diario y un par de chuscos. El local tiene dos puertas que utilizo yo para entrar una y marcharme la otra por un asunto de mera eficiencia y debido a la disposición de las tiendas.
Esta mañana algo ha quebrado súbitamente los saludos habituales que intercambio con los parroquianos que solemos a esas horas cruzarnos: una mujer ya madura, bien parecida y detrás de la que intuí una mesa plegable encima de la que posaban hojas custodiadas por un hombre, cortesmente y sonriendo me ha solicitado mi firma para no sé qué carajo de un referendo sobre un Estatuto y para que nuestros hijos no se eduquen en las creencias filomarxistas (sic).
En un primer instante, impulsivamente, ha invadido mi cerebro la pronta y lógica respuesta que, afortunadamente, no he pronunciado:
-¡Señora: por qué no está en misa o en casa preparando la paella para su familia en lugar de azuzar el enfrentamiento entre las dos españas!
Uno ya va almacenando canas como para no regalar armas al contrincante que, con seguridad, me hubiera transfigurado instantáneamente en su enemigo y quién sabe en qué otros malintencionados epítetos más. Así que, desde la bolsa blanca por la que asomaban los curruscos, como en una divina iluminación, he procedido al exorcismo: con una mano he alcanzado El País y con la otra, tras depositar en el tenderete de las firmas lo que restaba de mi paquete, he desenfundado El Jueves, y blandiéndolos como si mis brazos fueren quijotescas aspas de molino he ahuyentado, sin proferir yo voz o grito alguno, a la diabla del P.P. El hombre ha permanecido pasmado, tal que estatua de sal como la esposa de Lot.
Seguramente la dama (a pesar de ingesta masiva de tisana) todavía no se habrá recuperado del repentino vahído que le ha provocado la visión del anti - Aznar, cual redivivo anticristo, que en mí ha creído encarnado.
¡Qué pesadilla y qué pelmas son estos tipos!
Febrero 12th, 2006 at 8:49 pm
queda mejor decir…no estoy a favor de referendum anticonstitucionales( término legal que me parece aberrante)… pero es gracioso observa el colapso que les produce decirles que estan comentiendo tal acto.
Febrero 13th, 2006 at 2:00 pm
jojjojojo. Definitivamente punki
Febrero 13th, 2006 at 6:04 pm
Es que visto así das el pego y los del P.P.,y sobre todo las del P.P. te toman por un congénere.
Febrero 13th, 2006 at 6:32 pm
Pues, Julián, va a ser que sí: ¡quéenorme fraude por mi parte!
Aunque lo que afirmas de LAS congéneres, bien pensado, me agrada: está mucho más buenas y huelen mejor que las otras…
Febrero 13th, 2006 at 9:32 pm
Quería decir: yes, I’m the great pretender.
Febrero 15th, 2006 at 10:02 pm
Por cierto que leer el País del grupo prisa..y El jueves(creo de Z) identifiquen a una supuesta conciencia de clase(permitanme la gracía) dice mucho del tipo de sociedad que tenemos…
Para su mal