De las numerosas novelas con argumento de ficción que nos legó el amenísimo Jules Verne, todos ellas han devenido finalmente en realidad: La vuelta al mundo en ochenta días, De la Tierra a la Luna, Veinte mil leguas de viajes submarinos… Y el único que permanecía aún imaginario, Viaje al centro de la Tierra, se ha convertido en verdadero este fin de semana, con motivo de la convección del partido Popular. O, tal vez, mis informaciones no son totalmente fidedignas y adonde se han desplazado finalmente es al fondo de las cavernas, lugar en el que desde siempre la extrema derecha fragua esos discursos con guiones tan antiguos, tan manidos, tan cansinos y también tan falaces que solamente intérpretes tan habituados a utilizar la mentira como apoyatura son capaces de recitarlos sin perder el compás y sin que la perplejidad asome a los rostros de su enajenado auditorio.
El endurecimiento de la cara de los farsantes suele ser directamente proporcional al tamaño de los embustes que profieren. Así, el virginal partido nunca negoció con ETA (¿existe Ginebra?), no conoce qué paso el 11M (¿quién gobernaba aquellos días y los postreros?), España se está balcanizando (¿por el norte; por el sur, por la parte de Portugal?), el gobierno se rinde ante los terroristas (¿dónde ha tenido lugar?), etc. etc.
Los más grandes dislates, como no podría ser de otra manera, han provenido de los Presidentes supernumerarios, Fraga y Aznar, y del actual Presidente en funciones, blandiblú Rajoy.
Fraga disculpa y comprende a los golpistas del 23F (¿cuándo miente: ahora, antes o siempre?) y nadie le recuerda el arrebato de fingido valor, la función de titiritero que compuso en los minutos finales de la toma del Congreso, cuando todos, dentro y fuera, conocíamos el desenlace, y él se enfundó la máscara de héroe salvador de la democracia, descamisándose y ofreciendo su noble pecho para que los militares lo inmolaran. Es un hecho que nadie, reitero, ha vuelto nunca a rememorar. ¿Por qué? ¡Vaya tipo!
Aznar, en su línea: créanme, les digo la verdad, hay armas de destrucción masiva; créanme, les digo la verdad, ha sido ETA; créanme, les digo la verdad, no hubo diálogo. ¡Mendaz!
Y Rajoy dice -con ese tono melifluo que a ratos le delata otras inclinaciones que algunos maledicientes de su propio partido murmuran sobre él- que propone un pacto sobre terrorismo y territorios al gobierno. Eso sí, si se hace lo que a él le dé la real gana. ¡Menuda desfachatez!
Los cronistas adeptos a los populares comentan que, por encima de los discursos, se ha realizado un buen trabajo de renovación de ideas, centrando mucho más al partido, y que cuando los ecos de aquéllos se apaguen se comprobará la bondad de los mismos. Yo pienso que con la alineación de los cinco magníficos en la delantera del partido (añádanse a los tres mencionados Zaplana y Acebes) es improbable cambio alguno de rumbo que no conduzca a la crispación, al extremismo y la división.
Meditaba yo hace unas jornadas acerca de los efectos perniciosos de la asonada golpista de 1981. Y uno, me parece, fue que la extrema derecha, acongojada y derrotada, se diluyó y se camufló en los cuarteles de invierno de lo que entonces se denominaba Alianza Popular a esperar mejores tiempos. Hace ya años que asoman la patita sin disimulo ni maquillaje bajo la puerta de la sede de Génova.
Sería francamente beneficioso para la democracia, clarificante para los ciudadanos e higiénico para los propios populares que los cinco magníficos fundaran otra Fuerza Nueva, y ya sin tapujos mostraran su ideario totalitario y filo fascista y arengaran a sus hordas a limpiar España de rojos, separatistas, comunistas, maricones, ateos y otras gentes de malvivir. No les faltarían ni militantes ni activistas ni voluntarios para dichas patrióticas tareas.
Al menos así muchos meditarían su voto de alternancia para una derecha moderna, progresista y moderada sin los vómitos y las nauseas que ahora continúan provocando.