Recordando… agradeciendo…
Recuerdo con gratitud y cariño y con especial predilección a un profesor de literatura que impartía sus clases en Córdoba, allá por los finales de los mágicos años sesenta, cuando reinaban The Beatles en las mentes y en las ansias de cambio de todos los adolescentes europeos, incluidos los forzados jovenzuelos carpetovetónicos de aquí, entre los que me encontraba.
Si no era el más conspicuo de los maestros sí, al menos, demostró ser el de más e imponente sentido común que en enseñante alguno, antes y después, haya yo reconocido: el primer día lectivo, al poco de las corteses presentaciones, mostró el suelto del programa del libro de Literatura e, instantáneamente, sentenció sin posibilidad de recurso: señores, esto es lo que tienen ustedes que estudiar, por lo que van a examinarse y por lo que yo y el estado (teníamos prueba de reválida también en aquel año) les vamos a suspender o aprobar. Así que aplíquense; yo, les voy a enseñar literatura.
Aquel hombre era un joven dominico, aspirante a curita todavía sin tomar las órdenes, enjuto como una aliaga, cabalgando enormes lentes de miopía sobre su napia, que dejó boquiabierto al aula que componíamos los cuarenta morlacos que frisábamos los dieciséis años, todos muy aventajados alumnos de la laboral de Córdoba: sin excepción estábamos generosamente becados, y la nota mínima para aspirar a esa ayuda económica debía superar la media de siete y medio, sin posibles suspensos en primera convocatoria de junio. Es decir, la mejor materia en bruto que un catedrático artesano, amante de su oficio, pudiera desear.
Entonces nos contó su plan: primer trimestre, Quevedo y los clásicos del Siglo de Oro; segundo, los místicos con Juan y Teresa (así los llamaba él); y, finalmente, poesía y pensamiento de la generación del 27, con Dámaso Alonso a la cabeza. Y el programa oficial, por nuestra cuenta.
Huelga confirmar que todos aprobamos sobradamente, tanto el curso como la famosa reválida. Mas también hay que resaltar que por primera vez en nuestras vidas (y para muchos, por siempre) aprendimos literatura y, sobre todo, nos enamoramos perdidamente de ella, de la poesía, de los clásicos, de todo aquel material escrito que, a partir de entonces, soportara nuestra fundada mirada crítica y nuestro refinado gusto.
No sé la razón por la que hoy, día de mi cumpleaños, he rememorado este episodio trascendental y feliz de mi existencia. Quizás porque me ha ocupado durante toda esta jornada, insistentemente, el pensamiento literario de por qué, cuanto más mayor, cuanto más acaricias los recuerdos desgastados y menos los sientes, se hace más difícil cumplir años: tal vez porque cada vez más te tiemblan las excusas, te fallan las coartadas para seguir viviendo…
P.D. Por estas cosas y muchas más, me dice mi insuperable poyuela (www.lamaladelapelicula.com) que soy un “orejas”… o eso creo: gracias por tanta hermosura que sabes imaginar para los demás y, a veces, degustar de la que tanto te queremos.