Los libros
Mantengo desde tiempo atrás la inveterada costumbre de simultanear la lectura de dos y hasta tres libros que, habitualmente, nada tiene que ver el uno con los otros ni en argumento ni en género: me resulta muy provechoso porque, de ese modo, acoplo mis lecturas al caprichoso estado de ánimo que me acompaña en cada momento, pudiendo enfrascarme en éste, aquél o en el de más allá.
Ayer di afanosa cuenta de los últimos capítulos de dos de ellos: Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, del impecable y fenomenal hispanista irlandés Ian Gibson, y de un librito, de enorme interés, construido a modo de dietario, del catalán Josep Pla: Madrid. El advenimiento de la República, con estupenda traducción del original escrito en su lengua materna.
La literatura de Pla era para mí, hasta este libro, perfectamente desconocida si bien el personaje me resultaba familiar por las innumerables referencias y reseñas que de él había leído o escuchado. Y me ha sorprendido su estilo lacónico, su forma de mirar la realidad madrileña tan periférica, tan distinta, que he hecho votos para comprar, al menos, su obra más conocida: Cuaderno gris. Después, ya veremos.
No puedo por menos que reproducir el colofón del libro:
“Sobre el advenimiento de la República en España, oí decir un día en el café a un señor que parecía tener facciones de meditación –sin que pueda asegurarlo- que, tras quince siglos de Monarquía, se había instaurado la forma republicana con perfecta naturalidad. A mi paso por la Universidad, jamás oí hablar de estas cosas, que seguramente tienen su importancia. Será por eso que los cafés son tan importantes.”
Acerca de la vida de Machado, qué decir: es un libro imprescindible para cualquier amante de la poesía y para quien ande interesado en nuestros orígenes más próximos.
Comento todo esto (que, seguramente, a nadie interesa) porque, de refilón, he escuchado en algún informativo las declaraciones de un catastrofista asistente o convocante de la “mani” del sábado: “nos encontramos en una situación similar al caos que presidió los años de la II República…” y, coincide, que mis dos lecturas (la de Gibson, al final) hablan de esa época y, ¡oh sorpresa!, mi conclusión es similar, pero en sentido diametralmente opuesto: de nuevo, la rancia derechona, presidida por un faquín como Aznar, y la cavernícola y generosamente financiada con mis impuestos Iglesia Católica (que, parafraseando a Machado, adoptó de Cristo lo exclusivamente necesario para defenderse de él), se han levantado furiosamente al acoso y derribo de un gobierno democrático, legalmente constituido y limpio ganador de unas elecciones: sólo les falta otro sedicente, como Franquito, para terminar de dar el golpe.
¿Por qué tendrá la gente de derechas la inveterada costumbre (esta vez, sí) de leer -cuando osa hacerlo- solamente a Vizcaíno, Losantos o Pío Moa o Vidal y gente igualmente deleznable, que solamente dice lo que ellos desean oir?
Bueno, me voy que me aguardan mejores compañías: Kapuscinski (El Imperio) y Eduardo Mendoza (Mauricio o las elecciones primarias). Agur.
foto de Efe / Alberto Estévez


