Todo comenzó hace unos pocos años, cuando Parada se cepilló (¿o no?) al pianista de Cine de Barrio. Más tarde, él mismo cayó en las fauces de la lobezna Carmen Sevilla (quien, me aseguran, cobra 48.000 euros por programa). Luego vinieron las bodas gays y toda la zapatiesta socialista, la recogida de firmas con señoras de mesas petitorias, la toma de la calle por la derecha y la extrema derecha... Pero hemos digerido golpes tan duros como que la Martín Berrocal se líe con el vejestorio Pepe Navarro, cuya penúltima habilidad, tras forrarse con programas de televisión non natos, consiste en abandonar amantes y novias preñadas: ojito Vicky, ojito.
Mas hasta aquí hemos llegado. Esto resulta intolerable: ¡Florentino, el hombre superior, el emperador de la galaxia, dimite! Y al tiempo que la tragedia madridista se consuma, Rajoy, sobre los bigotes incorruptos de Aznar, le cuenta que pasa de él y de su gloriosa historia (ipse dixit).
Pero eso no es todo, no: los príncipes se llevan a Tucson (Arizona) -con nuestro dinerito, supongo- la parte sobrante del ombliguito de la infanta.
¡Estoy al borde del infarto mediático! Son, sin duda, síntomas inequívocos de la irrefrenable caída del Reino de España (con perdón).
Claro que todo tiene un análisis mucho menos apasionado y, posiblemente, más ajustado a la realidad. Vayamos por partes.
Lo del señor Pérez, ese chico tan aplicado y brillante, es diáfano: alcanzados los objetivos de notoriedad social y del pelotazo inmobiliario, que aguanten otros a los cafres que frecuentan los estadios y que ya lanzaban sus incontenibles iras hacia el glamoroso palco presidencial. No me extraña: el otro día invité a unos amigos al Bernabéu, y me costó, a precio de taquilla, cada localidad la bonita cifra 130 euros. ¡Como para soportar más caprichos de nenazas de los jugadores!
Lo de nuestros amados herederos reales no tiene pase: que me devuelvan mi pasta o me la cambien por "some California grass", como el Jojo de la canción Get Back.
Lo de Vicky sólo tiene explicación por la escasez de heterosexuales (aunque fueren no practicantes, como yo) que pululan por las tablas del famoseo.
Y lo de Rajoy... ¡qué desfachatez y cuánta ingratitud!
En fin. Al menos hemos conseguido dejar de hablar de la infumable, manipulada y farsante AVT, del manoseado Estatuto y de la escalada de improperios que se intercambian, haga falta o no, gratuitamente los políticos.
El que no se consuela es porque no quiere...
Hace veinticinco años me afanaba en convertirme en lo que entonces denominábamos un ejecutivo agresivo: todavía no se estilaban los anglicismos y solamente contábamos unos cuantos el privilegio de chapurrear inglés, así que nunca llegué a ser un yuppie.
Portaba, además, orgullosamente la vitola de haber luchado contra el franquismo y el arrojo que otorgaba el participar en la transición como ciudadano activo y militante de la balbuciente democracia.
Al las 17:40 me encontraba en unas oficinas de la ya entonces muy representativa calle Serrano de Madrid, reunido con otros colegas y planificando la apertura de un banco extranjero, cuando comenzamos a escuchar sirenas que provenían tanto del paseo de la Castellana como de la propia avenida a la que asomaban nuestra ventanas.
En aquella época estábamos demasiado familiarizados con los brutales atentados de la banda terrorista ETA como para intuir que pudiera suceder cualquier otra cosa, y así lo asumimos e intentamos centrarnos en nuestros asuntos.
Pero el ruido, además de no cesar, se incrementaba a cada instante por lo que alguno interrumpió el comité y comentó con preocupación, desde su visión de la calle, que algo realmente importante debía estar aconteciendo porque resultaba masiva la afluencia de coches de policía ("las lecheras" las habíamos bautizado por su color blanco), todos en la misma dirección.
Inmediatamente me acerqué hasta mi despacho y telefoneé a mi mujer: no había medio más eficaz para conocer la actualidad porque en mi casa siempre estaba la radio encendida. Me informó escuetamente y sin aparente preocupación de lo que había presenciado a través de la televisión (también entonces seguíamos interesadísimos los debates parlamentarios) y me quedé totalmente estupefacto: la guardia civil se había liado a tiros en el Congreso de los Diputados y desconocíamos, momentáneamente, otro pormenor. Alguien confesó poseer un transistor (no estaba laboralmente bien visto) que sintonizamos sin demora. Y aquello supuso el mayor susto de nuestras vidas.
En seguida cada uno partió hacia su domicilio. Yo, con la inquietud de saber si al día siguiente, además de perder mi trabajo, podría ser objeto de alguna represalia así como cualquier otro miembro de mi familia porque para esas fechas ya habíamos alardeado nuestros idearios políticos nada afines a los fascistas ni a la represora guardia civil franquista.
La tranquilidad llenó mi ánimo cuando comprobé que las emisoras de radio continuaron emitiendo toda la tarde y que el diario El País, poco antes de media noche, sacaba una edición especial en defensa de la Constitución que salí, ya sin temor, a comprar: la chapuza estaba consumada por ese glorioso ejército que había empleado el último siglo en dar la vuelta al mundo... en retirada, por supuesto.
Tengo muchos más recuerdos minuciosos de aquellas horas, de esos días, de la gente que me acompañaba y de lo que comentábamos. Y cuento todo esto porque deseo fervientemente que ninguno de mis hijos llame un día a la casa de la memoria -en la que todavía se refugia la más abyecta y execrable historia de este país que algunos añoran y veneran- para encontrar otra cosa que progreso, libertad y justicia social.
Nada hay esclarecido sobre aquellos acontecimientos (sobre todo acerca de la trama civil) a pesar del proceso penal que le siguió y de la pródiga bibliografía editada sobre el tema. Pero para quien no esté al tanto: mañana se conmemora el 23F en muchos cuartos de banderas de nuestros cuarteles. Ellos sabrán por qué celebran una derrota a manos de limpios ciudadanos desarmados, acompañados y jaleados por paisanos afines y votantes del P.P. que, como el delincuente Tejero, ya han añadido su firma en contra del Estatuto catalán. ¡Menudos compañeros de viaje!
Hay gente, individuos, naturalmente dotados de un superior intelecto que, además, han cultivado y desarrollado brillantemente y a los que ni reencarnándome podría yo equipararme o emular. Lo cual no quiere decir que con el transcurso del tiempo y unas gotitas de perversión y unos gramos de corrupción devengan en espíritus desollados por el maldito parné y el aparecer figurón en los medios: analícese el caso de Sánchez-Dragó, verbigracia.
Escucho estos días en muchos foros y a muchos magníficos pensadores, políticos y creadores de opinión que en la negociación con ETA las víctimas no pueden ser moneda de cambio y que, en ese asunto deben, forzosamente, identificarse vencedores y vencidos. Me parece un solemne dislate intelectual al que no han dedicado un minuto de reflexión y que han soltado como exabrupto salido de las entrañas removidas por el dolor pero también por el rencor. Aunque sus autores respondan al prototipo que al principio explicaba.
¿Qué he entendido yo en esa frase? Pues, básicamente, que si no hay revancha, si no se aplica la ley del Talión, las víctimas del terrorismo ni perdonarán ni consentirán (desde y hasta donde puedan) una aproximación a la paz. Ni es el camino, creo yo, ni se va seguir esa senda porque es imposible. ¿Y de qué serviría? ¿Restituiría la vida de los asesinados? ¿Llevaría el consuelo a las personas vivas mutiladas o el sosiego a los allegados de las víctimas? ¿No añadiría, por el contrario, un poco más de intransigencia, de dolor, de odio y de violencia? ¿Cuántas lágrimas propias absorve el sufrimiento de los demás?
No tengo más información que la misma del último de los mortales acerca de la probable toma de contacto entre la banda asesina y su entorno y, posiblemente, el Partido Socialista de Euskadi. No sé cuánto hay de verdad en lo que los medios de comunicación afines al P.P. esputan y los próximos al PSOE callan. Que algo se mueve, seguramente es cierto. Y deberíamos asumir el coraje cívico de confiar esta vez en el Presidente, nos guste su figura o la aborrezcamos: es lo que tenemos.
No sobra recordar, precisamente ahora, que hasta Aznar (objetivo frustrado de un atentado) trató de negociar con ellos. ¿Y cómo tendría el cuerpo en aquella tesitura; y qué le pediría, ya supuestamente sobreseída la venganza?
Con aquellas premisas, al final del día, apareceremos todos (los criminales y nosotros) vencidos y moralmente desarmados.
Este país necesita una dosis enorme de olvido y de perdón: nos merecemos una oportunidad.
La mesa petitoria (¿o "pepeitoria"?)
Como cada mañana dominical, tras un desayuno madrugador y algo más extenso que de costumbre, paseo mi curiosidad por las páginas de Internet al tiempo que, aún en estricto pijama, me acompaña la fiel radio con sus noticias y sus tertulias casi siempre políticas o de actualidad.
Un poco más tarde, con la luz pregonando ya el renacer a la vida, me aseo y salgo con el perro de mi señora (lo compramos macho: ¿cómo iba yo a clarificar a los amigos o allegados que eventualmente me localizaran por el móvil, y a su pregunta normal de "que, qué haces", les respondiera que me encontraba paseando "a la perra de mi mujer"?) mientras trato inútilmente, domingo tras domingo, que me acompañe a la compra del pan y del periódico: este chucho se ha contagiado de la misantropía que se practica de modo más o menos consciente y coherente en mi casa.
Debo, pues, regresar y apañármelas por mis medios para acercarme al pequeño centro comercial donde practico la indispensable liturgia de adquirir el diario y un par de chuscos. El local tiene dos puertas que utilizo yo para entrar una y marcharme la otra por un asunto de mera eficiencia y debido a la disposición de las tiendas.
Esta mañana algo ha quebrado súbitamente los saludos habituales que intercambio con los parroquianos que solemos a esas horas cruzarnos: una mujer ya madura, bien parecida y detrás de la que intuí una mesa plegable encima de la que posaban hojas custodiadas por un hombre, cortesmente y sonriendo me ha solicitado mi firma para no sé qué carajo de un referendo sobre un Estatuto y para que nuestros hijos no se eduquen en las creencias filomarxistas (sic).
En un primer instante, impulsivamente, ha invadido mi cerebro la pronta y lógica respuesta que, afortunadamente, no he pronunciado:
-¡Señora: por qué no está en misa o en casa preparando la paella para su familia en lugar de azuzar el enfrentamiento entre las dos españas!
Uno ya va almacenando canas como para no regalar armas al contrincante que, con seguridad, me hubiera transfigurado instantáneamente en su enemigo y quién sabe en qué otros malintencionados epítetos más. Así que, desde la bolsa blanca por la que asomaban los curruscos, como en una divina iluminación, he procedido al exorcismo: con una mano he alcanzado El País y con la otra, tras depositar en el tenderete de las firmas lo que restaba de mi paquete, he desenfundado El Jueves, y blandiéndolos como si mis brazos fueren quijotescas aspas de molino he ahuyentado, sin proferir yo voz o grito alguno, a la diabla del P.P. El hombre ha permanecido pasmado, tal que estatua de sal como la esposa de Lot.
Seguramente la dama (a pesar de ingesta masiva de tisana) todavía no se habrá recuperado del repentino vahído que le ha provocado la visión del anti - Aznar, cual redivivo anticristo, que en mí ha creído encarnado.
¡Qué pesadilla y qué pelmas son estos tipos!
Antiguamente el trastero se conocía por desván y se constituía en lugar mágico cerca del cielo, desde el que divisabas a mano la luna en noches veraniegas y venturosas, y descubrías el grito del tiempo acumulado en los goznes de los baúles repletos de absolutos arcanos.
El desván era territorio infantil, oculto y vedado, en el que se encimaban los mejores tesoros de vidas anteriores, cercanas, intuidas o narradas pero con intenso, perseverante aroma familiar.
La estéril avaricia de los hombres acumulaba lo mejor en ese sitio y nadie permitía su alcance: así atravesábamos nuestra primera trasgresión.
Desaparecieron con el polvo de los vientos los desvanes y vinieron destartalados habitáculos a llenar su espacio. Hoy los trasteros sólo almacenan al ser inconsútil que molesta y retazos de un pasado que nunca mejorará el mañana.
Hace un rato bajé al trastero y no pude rescatar mis añoranzas.
Razones varias (ninguna gozosa ni tampoco dolorosa: cosas de los negocios) me han apartado más de la cuenta de esta mi querida bitácora. Pero somos tan cargantes, tan reiterativos, aburridos y soporíferos que retomo la actualidad y seguimos donde solíamos hace quince o veinte días: las caricaturas y los bárbaros y deleznables musulmanes. Y el partido aznarista y de las JONS recogiendo firmas para su referendo de la disgregación y el enfrentamiento de España, con la sal y la pimienta del asunto ese del pacto taimado entre ZP y los etarras.
Tengo leído que el origen de la parodia del Mahoma bombardero se publicó durante el mes de setiembre pasado en una revista de extrema derecha danesa. Y que solamente ahora, seis meses después, ha interesado que se convierta en el queroseno que aviva el fuego del odio de los sectarios, burdos y toscos mahometanos. Acudir a asuntos de religión es cosa de nórdicos, tan aburridos, civilizados y planos. Aquí, los fachas de extrema derecha tienen a Zapatero para insultar y zaherir de verdad: para qué acordarse del profeta.
Lo cierto es que tenemos a occidente y a sus gobiernos literalmente cagados: con lo fácil que es cortar el grifo de la pasta de nuestros impuestos y provocar así que se eliminen entre ellos mismos...
Como estoy en contra de todo lo que coarte la libertad de expresión, y de modo mucho más beligerante contra los fundamentalismos religiosos, diré que toda esa gentuza de patanes, violentos y asesinos árabes han mancillado la dignidad de Mahoma con la misma intensidad que la iglesia católica la de Cristo: son tan indecorosos que merecen sobradamente la mofas que de sus creencias se hacen.
Y a estos patriotas de pacotilla del PP sólo les indico dos cuitas: que no se me acerquen desde una mesa petitoria de esas que han instalado por todo Madrid y alrededores (¿podría yo, sin licencia municipal, hacer lo mismo, digamos para recoger firmas en contra del belfo de Acebes?) porque voy a soltar un exabrupto contra su profeta Aznar; y que, por favor, contraten un seguro que cubra los daños de la ruptura de España ya que tan empecinados andan... Que se lo pidan a su amigo Botín, cuya avaricia y usura no tiene límites.
Y, bueno, a falta de un par de sonoras blasfemias, a la mierda todos los intransigentes, incluidos los musulmanes, su ídolos y sus símbolos.
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