
¡Y yo con estos pelos!
Mira que, habiendo más días en el calendario que longanizas en la despensa, es oportuno el destino: entro yo en un estado de aletargamiento de escribidor, propiciado por la pronta primavera, y cuando comienzo a desperezarme y entrever los magnos acontecimientos de la actualidad, le da por nacer a Diego, un bebé que perpetrará mi alcurnia de rojos deleznables, impenitentes ateos e inmisericordes misántropos y que nuestra sangre familiar ha sembrado ya y diseminado por media España (con perdón). Si su padre o su madre tienen dudas, no hay alternativa: ya me encargaré yo de formarlo en el oficio de pícaro, descarado, maleducado, descreído, faltón, folloncico, soberbio, antojadizo y toca pelotas. Son lecciones que asimilé fructíferamente durante mi adolescencia y que pienso legar con la sabiduría que el aliño de los años me ha proporcionado y con la irresponsabilidad de conocer que, a la noche, Diego pernoctará en casa de sus padres. Ése es el esquema; y queden los deudos avisados.
O sea, que no he podido (o no me ha dado la gana) ocuparme de cosas tan fútiles como la nueva tregua indefinida...
Ya hablaremos.
PD.: A más a más, una semana estropeado el "blog" por motivos técnicos y yo sin poder publicar en estos días...
Creo recordar haber comentado ya aquí la clase de compañía circunstancial que me procuro yo en los tiempos holgados del café, a media mañana fuera de la oficina, de la cañita o del vino antes de comer (que, a fuerza de invitación y devolución del convite entre conocidos, se convierte más en prolijo piscolabis) y, en algunas ocasiones, los colegas de barra y sobremesa pasajera hasta que llega la hora del mandado o reunión vespertina a la que debo asistir. Se compone esa tribu básicamente de los porteros de las fincas próximas (que forman grupo homogéneo y unívoco), el limpiabotas del barrio, el gitano que vende pañuelos en la esquina de su propiedad, un par de mendigos amables y poco recalcitrantes (actitud que les reportan pronta y generosa propina por mi parte), algunos desocupados parroquianos de vida regalada y quehaceres relajados como los míos, y los ineludibles camareros y taberneros. A todos ellos se unen, eventualmente, extraños de paso, marisabidillos metomentodo que se aprestan a revelar sus opiniones, conocimientos y retórica, habitualmente con escaso éxito y preeminencia entre nuestra cuadrilla. En otras palabras, la España real.
Toda esta colmena, digna de mejor descripción, tiene evidente y natural tendencia hacia el pensamiento conservador (qué les habrá regalado a éstos la derecha) a pesar de que en algunas ocasiones el puño y la rosa de la sede central del Partido Socialista en la calle de Ferraz de Madrid nos vigila como mudo testigo de nuestras diatribas... y muchas de las veces militantes y cargos conocidos (¡hasta Pérez Rubalcaba!) sin que la discusión decaiga: muy al contrario, los opositores aprovechan para alzar más la voz, si ello fuere posible, a fin de que se enteren, que sepan lo que cuesta un peine en democracia.
Sin embargo, en estos últimos meses, están desarrollando una curiosa teoría: hartos de la mendaz e insolente oposición encabezada por la yunta de cabestros del P.P. (¿tengo que nominarlos?) dicen no identificarse ni con ellos ni con sus modos tabernarios. Pero claro, tampoco aceptan las maneras del Partido Socialista ni la política desarrollada en estos dos años de legislatura: háblales del matrimonio entre homosexuales o del Estatuto o de la negociación con ETA. Por no acometer otras honduras referentes a los avances sociales legislados por el gobierno.
En esta tesitura, ellos se definen, abiertamente, como "la tercera España", en contraposición a la "roja" y a la "reaccionaria", una de las que ha de helarnos el corazón según la vieja profecía machadiana.
Es probable que, en el fondo, tengan muchos quintales de razón, y una mayoría de ciudadanos se encuentran, posiblemente, más cerca de esa ideología insustancial que de cualquiera de las otras dos. Y los políticos, sobre todo los del P.P., deberían tomar puntual nota de ello puesto que no se ha fundado aún formación que los ampare.
Únicamente albergo una duda: me enseñó mi padre que cuando alguien dice de sí mismo que es apolítico, tuviera cuidado: con total seguridad se trata de un tipo de derechas. La vida me ha corroborado la veracidad de su instrucción.
¿No pasará lo mismo con estos chicos que tratan de construir la "tercera vía española"?
P.D. de actualidad.
Por tercera vez (tantas como Pedro negó a Jesús) escucho, en días y foros distintos, a la farsante Mari Espe afirmar que el lema (por favor, utilícese la forma castellana en lugar del anglicismo "eslógan") "queremos saber quién ha sido" debe servir para algo más que "DERROCAR GOBIERNOS" (sic), refiriéndose a los hechos del 11M.
Espe, hija: estamos en un país democrático y de derecho. Y aquí los gobiernos se votan y se cambian en las urnas, no se derriban con tramas golpistas, medios violentos o espurios... ¿O sí, como el P.P. hizo en la Comunidad de Madrid?
¡Ay, Dios: el subconsciente desbocado y la impericia en el uso del lenguaje delatan tanto...!
Si ya ayer la jauría de desalmados, sicarios a sueldo de la mentira, ganapanes y estómagos agradecidos para los que todo vale, inmorales e infectos personajes que se hacen llamar periodistas comenzaron a inundar de vómitos pretendidamente informativos las pantallas de Tele Madrid al dictado de los intereses partidarios y a mayor gloria de la gentuza política que, por un puñado de votos, los azuza y embravece, qué podremos esperar durante este fin de semana en el que, al socaire de la celebración del segundo aniversario de la salvajada del 11M, todos los medios anuncian reportajes y revisiones de los hechos, datos desconocidos y tramas nunca investigadas. ¡Qué asco!
Escucho a primera hora a ese engallado presentador, paradigma de la neutralidad, de la objetividad y de la información veraz (según él) que responde al nombre de Carlos Herrera y que ha soltado su píldora de sospecha sobre los atentados de Atocha, en connivencia y siguiendo las directrices emanadas desde el partido al que ahora sirve sumisamente y que en nada difieren del repugnante programa emitido ayer por la cadena autonómica.
Todavía desconocemos lo que nos regalarán periódicos como El Mundo, La Razón o televisiones como Antena 3. Pero yo ya he captado la consigna común y el argumento que utilizarán: detrás de los islamistas estaban ETA, los servicios secretos españoles a las órdenes del Partido Socialista y la anuencia de éste. Así de claro.
La bajeza moral de muchas capas de nuestra sociedad ha llegado a tal grado de perversión que ni en tiempos de la dictadura hube yo sentido semejante desazón ante la ignominia que pretenden implantar como verdad.
Sin duda, con esta dos pequeñas dosis, ya han conseguido el empacho y el hartazgo de cualquier ciudadano de bien. Así que para qué continuar. Que se alimenten de esa carroña los imbéciles que nada piensan y todo admiten.
Mañana es el cumpleaños de mi esposa, a la que amargaron y arrebataron su celebración de manera cruel hace dos años. Intentaré hacerle pasar un buen día y regalarme a mí la felicidad de la ignorancia no atendiendo a ninguna de las patrañas con que nos van a tratar de adoctrinar en las próximas jornadas.
Pero siempre tendré en mi mente el recuerdo de la injusta atrocidad que provocó la muerte de 191 personas, del policía fallecido en Leganés, y de todos los que quedaron marcados en su cuerpo y en su alma por aquellos sucesos.
¿Qué pensarán de todo esto las víctimas del atentado?
"...la pareja detenida está acusada de haber propinado una brutal paliza a Alba, que permanece ingresada en estado crítico en el Hospital Vall d'Hebron de Barcelona a consecuencia de un fuerte traumatismo craneal..." (Cadena Ser, hoy)
Apenas leo, escucho la noticia. Me resulta tan abrumadora, me sobrepasa y me invade tanto la pena que me encuentro incapacitado para indagar, para conocer cualquier detalle y que no se convierta en obscena desesperación.
Se llama (¿se llamaba?) Alba -infinito nombre de quimera- que ya le arroga una mirada bella, unos ojos que jamás, aunque sobreviviera, le prestarían luz a la desdicha.
Algún monstruo desalado, presa de su inexplicable ira, la llevó a una blanca sábana de hospital, donde sus ahora escondidos cinco añitos, más próximos a la brevedad de la inexistencia que a la plenitud del recuerdo, se revelan para no encontrar la muerte y amanecer otro día con su inmaculado nombre en las cumbres de un mundo para ella mejor.
No hay comprensión, no hay profundidad en los abismos de la mente para asimilar las inmensas heridas de su cuerpo, las heladas dentelladas asestadas a su alma, el dolor de su virginal vientre insensible aún al fruto de la vida.
Alba: habrá flores en tu prado para aliviar tus rojas máculas, habrá gentiles espíritus que imaginarán para ti la sonrisa que nunca supiste cómo esbozar, alhelíes como almohadas donde reposar tu cabecita golpeada y fatigada por el desamor.
Alba: si algún día no mueres, toda la alegría perdida será para ti, única, esplendorosa, alumbrada por todos los niños felices que te mirarán y serán ya, por siempre, tus eternos, venturosos y dichosos compañeros.
Con todas mis fuerzas, como si fueras mi adorada hija, ése es mi deseo para ti.
Viaje al centro... de la Tierra
De las numerosas novelas con argumento de ficción que nos legó el amenísimo Jules Verne, todos ellas han devenido finalmente en realidad:
La vuelta al mundo en ochenta días,
De la Tierra a la Luna, Veinte mil leguas de viajes submarinos... Y el único que permanecía aún imaginario,
Viaje al centro de la Tierra, se ha convertido en verdadero este fin de semana, con motivo de la convección del partido Popular. O, tal vez, mis informaciones no son totalmente fidedignas y adonde se han desplazado finalmente es al fondo de las cavernas, lugar en el que desde siempre la extrema derecha fragua esos discursos con guiones tan antiguos, tan manidos, tan cansinos y también tan falaces que solamente intérpretes tan habituados a utilizar la mentira como apoyatura son capaces de recitarlos sin perder el compás y sin que la perplejidad asome a los rostros de su enajenado auditorio.
El endurecimiento de la cara de los farsantes suele ser directamente proporcional al tamaño de los embustes que profieren. Así, el virginal partido nunca negoció con ETA (¿existe Ginebra?), no conoce qué paso el 11M (¿quién gobernaba aquellos días y los postreros?), España se está balcanizando (¿por el norte; por el sur, por la parte de Portugal?), el gobierno se rinde ante los terroristas (¿dónde ha tenido lugar?), etc. etc.
Los más grandes dislates, como no podría ser de otra manera, han provenido de los Presidentes supernumerarios, Fraga y Aznar, y del actual Presidente en funciones, blandiblú Rajoy.
Fraga disculpa y comprende a los golpistas del 23F (¿cuándo miente: ahora, antes o siempre?) y nadie le recuerda el arrebato de fingido valor, la función de titiritero que compuso en los minutos finales de la toma del Congreso, cuando todos, dentro y fuera, conocíamos el desenlace, y él se enfundó la máscara de héroe salvador de la democracia, descamisándose y ofreciendo su noble pecho para que los militares lo inmolaran. Es un hecho que nadie, reitero, ha vuelto nunca a rememorar. ¿Por qué? ¡Vaya tipo!
Aznar, en su línea: créanme, les digo la verdad, hay armas de destrucción masiva; créanme, les digo la verdad, ha sido ETA; créanme, les digo la verdad, no hubo diálogo. ¡Mendaz!
Y Rajoy dice -con ese tono melifluo que a ratos le delata otras inclinaciones que algunos maledicientes de su propio partido murmuran sobre él- que propone un pacto sobre terrorismo y territorios al gobierno. Eso sí, si se hace lo que a él le dé la real gana. ¡Menuda desfachatez!
Los cronistas adeptos a los populares comentan que, por encima de los discursos, se ha realizado un buen trabajo de renovación de ideas, centrando mucho más al partido, y que cuando los ecos de aquéllos se apaguen se comprobará la bondad de los mismos. Yo pienso que con la alineación de los cinco magníficos en la delantera del partido (añádanse a los tres mencionados Zaplana y Acebes) es improbable cambio alguno de rumbo que no conduzca a la crispación, al extremismo y la división.
Meditaba yo hace unas jornadas acerca de los efectos perniciosos de la asonada golpista de 1981. Y uno, me parece, fue que la extrema derecha, acongojada y derrotada, se diluyó y se camufló en los cuarteles de invierno de lo que entonces se denominaba Alianza Popular a esperar mejores tiempos. Hace ya años que asoman la patita sin disimulo ni maquillaje bajo la puerta de la sede de Génova.
Sería francamente beneficioso para la democracia, clarificante para los ciudadanos e higiénico para los propios populares que los cinco magníficos fundaran otra Fuerza Nueva, y ya sin tapujos mostraran su ideario totalitario y filo fascista y arengaran a sus hordas a limpiar España de rojos, separatistas, comunistas, maricones, ateos y otras gentes de malvivir. No les faltarían ni militantes ni activistas ni voluntarios para dichas patrióticas tareas.
Al menos así muchos meditarían su voto de alternancia para una derecha moderna, progresista y moderada sin los vómitos y las nauseas que ahora continúan provocando.
Afortunadamente han transcurrido unas cuantas jornadas en las que se ha atemperado la trifulca sobre el Estatuto, lo que ha permitido ocuparnos de temas más trivilaes y mundanos, un respiro para el espíritu ahíto de tanta patraña y tanto grito. Y me entero de refilón que hoy finalizan las sesiones de la ponencia parlamentaria que trata el asunto. Restan todavía otros trámites que conducirán al referendo que fechan ya para junio y en el que la
NACIÓN catalana (sí, majetes, sí: nación) dictará sentencia.
Según creo, existen todavía algunos profundos desacuerdos sobre temas de bastante calado, si bien los colegitas de CIU terminarán haciendo piña con ZP. O eso parece. Pero, en definitiva, tengo la sensación de que finalmente el Estatuto se parecerá como un huevo a una castaña al proyecto original. O como una patera a una patena.
Los políticos tienen, sobre el pueblo soberano, la convicción de que somos mentecatos de hilo colgante de baba y que como fiel mesnada acudimos a las urnas a votar lo que a ellos más conviene. Luego pasa lo que pasa y se encuentran atónitos y boquiabiertos con resultados como los del 14M o como en la repetición de las autonómicas de Madrid.
Para mi vergüenza, revelo públicamente que he comprado varias novelas del Nobel José Saramago y todas he abandonado, por profundo tedio, antes de su final (siempre me han resultado pelmas e insulsos estos portugueses). Pero recuerdo la última,
Ensayo sobre la lucidez (confieso que tampoco pude terminarla), en la se planteaba la posibilidad de que los ciudadanos, en día electoral, nos quedáramos todos en casa.
Pues bien, hagamos una suposición al hilo de ese argumento: ¿y si después de tanto manoseo del Estatuto llega el día de la votación y el pueblo catalán dice que va a ser que no? Yo, desde luego, bien vaciaría mi menguada faldriquera para invitar a una ronda por contemplar semejante espectáculo.
Es una idea que presto a cuantos quieran explotarla (incluido nuestro impenitente lector de la redacción de El Mundo) ya que desde aquí nula repercusión va a tener.
Si yo hubiera nacido en el Baix Empordà, no lo dudaría: va a ser que no. ¡Qué gozada!
Cuando en los oscuros tiempos de la dictadura admirábamos y codiciábamos las democracias europeas, no percibíamos las cortapisas de las libertades individuales que ya entonces, por ser sistemas vencidos por un profundo y fatigado desarrollo, coartaban las vidas y los derechos individuales de los entonces vecinos nuestros y ahora solamente socios de mercado.
Como siempre, nosotros atrochamos senderos y recorremos deprisa vías sin meditar adónde nos conducen. Y lo que para las democracias tradicionales, en un movimiento pendular que históricamente se reproduce y madura en decenios o a veces en siglos, nos obliga aparentemente a nosotros a ponernos inmediatamente en vanguardia del movimiento, en primera fila de la manifestación para que nadie nos acuse de trasnochados.
Oigo y leo una pirueta más del actual gobierno por la que pretenden encarcelar, suministrarnos forzada sombra, a quienes sin causar daño o estrago alguno circulemos a velocidad inapropiada. (¿Qué es eso, por cierto?). Por no opinar acerca de las restricciones que, de manera dictatorial y con único ánimo recaudatorio está imponiendo el ínclito regidor Gallardón a los sufridos, pacientes y beatos ciudadanos madrileños ya convertidos exclusivamente en venero inagotable de impuestos y gravámenes: mamar de la teta de la vaca, decíamos en mi pueblo.
No es menos cierto que se inician tentativas de avances sociales. Mas ninguna de ellas concierne a las libertades personales, individuales, que son las que a un servidor le incumben. Más bien al contrario, me invade la sensación de que día a día me constriñen mi libertad de actuación.
Estos tipos, en dos legislaturas, nos conducen a la suve esclavitud de la vída nórdica y, a las cinco de la tarde, en casa con la pata quebrada a falta de opciones más divertidas.
En definitiva, otra vuelta de tuerca más que muchos ni advertirán porque no son conscientes del tope máximo de su rosca.
¿Dónde están mis partidos alternativos para analizar y votar sus programas electorales?
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