Abro la mañana con el auspicio de un invierno que reniega el cielo, casi limpio el sol, las rosas todavía emergentes, los árboles brotando primaverales, y con bandadas de aves que todos los días viajan a algún lugar de origen: me recuerdan las palabras sabias que se me han clavado como verdad insoldable: volvemos a nuestra tierra para encontrarnos con nosotros mismos. Eso siento, ahora que lo sé, cada vez que reencuentro mi paisaje infantil. Soy yo mismo, otra vez, desnudo de todo el artificio que me rodea diariamente y del que soy responsable puesto que nadie me lo impuso.
Enciendo el portátil y releo los periódicos digitales en los que nada ha cambiado desde la noche anterior: o los redactores están descansando o me he acostado tarde, muy tarde. Finalmente coligo que ambas circunstancias se unen y que el mundo ha decidido no evolucionar en mi ausencia.
Cumplo con el ritual dominical del pan y del periódico, hoy aderezado por la adquisición de diversas ofertas editoriales. Merco la primera parte de las obras completas de Julio Cortázar por un par de euros y regreso a casa como el buen padre de familia que ha cumplido con sus obligaciones. Muestro mi trofeo y yo mismo me ufano, me satisfago con la compra advirtiendo a mis somnolientas hijas de que el papel, el transporte, la tinta, cualquiera de los oficios dedicados a ese libro son merecedores de más réditos. Pero solamente he pagado dos humildes euros (una caña o poco más) en tanta buena literatura. Ojeo el voluminoso ejemplar que se inicia con Rayuela: ¡cuánto tiempo desde que la leí! Tanto que apenas recuerdo la trama. Mas en la primera línea aparece la Maga y el resorte de lo inolvidable comienza a remover las cosas bien aprendidas. Prometo releerla aunque ando enfrascado en nuevas literaturas: Paul Auster, medianamente bien traducido, que me recomienda mi hija mayor.
Acoplo esos cascos siderales del MP3 que la Navidad me regaló, sintonizo RNEC que emite a esa hora conciertos de bandas municipales de pueblo, y acaricio el periódico de atrás hacia delante, como siempre hice desde que el maestro Lázaro Carreter publicaba en contraportada su suelto en el vespertino Informaciones y a él dirigía mi juvenil curiosidad, más orientada por la intuición que por la inalcanzada madurez. Pienso, medito un segundo, que aquélla ha sido el motor de mi existencia, mucho más allá de cualquier fría estrategia que mis conocidos atribuyen a una sobrevalorada inteligencia, la mía, de la que creo poseer las proporciones justas para sobrevivir. Larga y holgada me la fían…
Apenas hay noticias, artículos que centren mi atención. Me dirijo directamente al semanal, a rebuscar a Maruja Torres, a Rosa Montero, si está, y a Javier Marías. Si en medio algo me llama, lo leo. Pero no es el caso.
Yo recuerdo a Marías, a él y a sus hermanos de niños, pasando muy disciplinados y displicentes por delante de mi casa familiar de la mano de tu tata, con su minúscula y enlutada madre (se le habrían muerto todos lo suyos, creía yo) encabezando el cortejo, vestidos de auténticos marineritos en tierra tan áspera y seca como mi Soria natal, camino del parque de la Dehesa adonde su padre, Don Julián Marías, ya de muy buena mañana, sufragaba el veraneo impartiendo lecciones particulares en un velador de propiedad municipal que regentaba alguien a quien conocíamos como “El Orejas” por evidentes motivos fisiológicos. Con uno con leche amortizaba el uso y alquiler por toda la mañana de aquel aula sin par erigida bajo las sombras de la alameda.
Trataba yo inútilmente de espiar o de captar lo que bajo los imponentes álamos y olmos (hoy tan extinguidos como ese tiempo pasado) aquel catedrático dictaba. Mi padre hablaba maravillas de él y comentaba que su afición por Soria le provenía de un estío en el que su maestro, Don José Ortega y Gasset, pasó en Soria hasta donde el señor Marías le persiguió. Falleció la madre, tempranamente, y aquella procesión familiar dejó de verse. Bueno, y que yo ya me hice mayor.
He seguido a Javier en su aventura literaria y, hasta donde he alcanzado, en su trayectoria vital. Un año mayor que yo, le considero el paradigma intelectual y literario, junto a Antonio Muñoz Molina, de mi generación: ambos son la mixtura de lo que hubiera yo deseado alcanzar.
Escribe hoy Marías, en tono moderado y muy políticamente correcto, totalmente alejado del que yo hubiera empleado, sobre la aversión que le provocan los exaltados miembros de la AVT, seres, sin embargo, tan dignos de compasión y de solidaridad, y de cómo un amigo suyo tuvo que soportar los insultos e improperios de esa masa enfervorizada y manipulada, manifestantes dirigidos contra un gobierno legítimo y contra su Presidente, que no contra la muerte o la violencia, en la madrileña Puerta del Sol, y todo por el delito de llevar bajo el brazo el periódico El País.
He recordado, súbitamente, cómo tuve yo que arrojar al suelo un ejemplar del mismo diario, allá por la transición, cuando un grupo de la misma calaña, fascistas irredentos, ocuparon la cafetería del barrio de Salamanca en la que, escondido tras un gin-tonic, anegaba la fatiga de mi agotadora jornada laboral. Menos mal que conocía la letra y la música del Cara al Sol que nos obligaron, brazo en alto, a entonar bajo amenaza de palizas a garrotazos (¡ay, qué actual resulta Goya!) y alguna navaja toledana cuyo filo refulgía en las manos de aquellos violentos hoy enmascarados en la derecha ultramontana española. Y he retrocedido, me han empujado treinta años hacia atrás: estos gerracivilistas no progresan ni con los muertos a su favor.
Termino la jornada viendo una serie documental, muy seria y con entrevistas y testimonios de gente preclara y con gran capacidad intelectual, sobre el movimiento contra la globalización al que me ha enganchado mi hija mayor: ¡cuánto hay que escuchar a los jóvenes, cuán alerta hay que estar a sus sugerencias y advertencias!La serie se titula Voces contra la globalización: ¿Otro mundo es posible?
Yo pienso que sí. Pero aquí todavía andamos con las peleas de vecinos del rellano, algunos enfrascados en la reyertas del patio de Monipodio, atendiendo a estúpidos iluminados que aportan exclusivamente bazofia intelectual cada día.
Claro que otro mundo es posible. Y necesario.