¡Cómo hemos cambiado!
Nací en una casa vertical, como un río en pie, en lo que hoy es el centro de Soria. Asomada a mis balcones, a la derecha, se abría la Alameda de Cervantes (popularmente, La Dehesa) con un pórtico de gigantescos y hermosísimos olmos hoy exterminados por un hongo maldito que los ha diezmado en toda Europa. Y, al frente, una plazoleta a modo de parquecito que llamaban también familiarmente de El Chupete (oficialmente de Mariano Granados) porque, imagino, los bebés tomábamos el sol de la mano de abuelos o éramos paseados en los cochecitos pardos de enormes ruedas blancas a la moda de los cincuenta.
Siendo yo un breve infante la autoridad competente decidió asolar aquel rincón de juegos para erigir un monolito, coronado por el águila fascista y con medallones de Franco y José Antonio a los lados, en honor a uno de los mayores asesinos de la guerra civil española: el general franquista y golpista Yagüe. Estaríamos en deuda con él, supongo, ya que siendo paisano no había aniquilado también a nuestros padres o familiares rojazos y anarquistas, y de ahí la horripilante verga enhiesta que plantaron junto a mi casa para recordarnos que nos la podían incrustar en salva sea la parte sin ningún tipo de razón o argumento. Es decir, a la manera habitual de la época.
Llegó la transición, la democracia, la Constitución y las elecciones, y allí permanecía ese adefesio que dañaba el sentido estético más primitivo y la vergüenza más recóndita de los ciudadanos. Pero como en Soria ganaba por goleada, año tras año, los franquistas del PP nada sucedía. No se olvide que el gran Aznar, recién designado dictatorialmente por Fraga presidente (así es la democracia interna en ese partido), leyó una conferencia en la que profetizó que Soria sería la nueva Covadonga desde donde reconquistar el poder hasta alcanzar la Moncloa. No marró el asno en su rebuzno.
Ya no era yo asiduo de mi ciudad más que en los veranos, y en uno de ellos observé sorprendido que el monstruo de adoquines había desaparecido. Me contaron que lo desmantelaron con nocturnidad y sin previo bando municipal de aviso cuando lo suyo hubiera sido volarlo con dinamita en festejo popular, amenizado por la banda municipal y con gran exhibición de fuegos artificiales seguida de verbena en el Árbol de la Música.
Hace unas semanas, reclamado por mis amigos sorianos a las fiestas de San Juan, vi que la plaza de mi infancia se encontraba, por fin, en obras de remodelación y que se iba a colocar una estatua de Machado, con la anuencia y el convenio de los sorianos, en conmemoración del centenario de la llegada del poeta. ¡Qué diferente homenaje que confío contemplar en breve!
Ahora, inopinadamente y tras lustros de gobierno pepero, también el Partido Socialista rige los destinos del ayuntamiento por voluntad de las urnas.
¡Cómo hemos cambiado!
