Desvergüenza
En esta sociedad en la que nos ha tocado vivir se menosprecia sin rubor a la vejez, se disimula y esconde la enfermedad y se ignora la muerte o se le da tratamiento vulgar, carente de ética y hasta de sensibilidad:
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.
Es una actitud curiosa, desvergonzada y hasta inmoral, que no recuerdo haber aprendido o leído de otras civilizaciones anteriores sino más bien al contrario. Pero el culto al cuerpo, a la apariencia externa, a la salud eterna, y la imposible convivencia con los mayores (quienes nos muestran y enseñan el camino pausado hacia la muerte) a la que nos ha condenado la huída desde las aldeas hasta el hacinamiento en los espléndidos pisitos de sesenta metros de los suburbios, sin espacio para los abuelos salvo perentoria necesidad, nos ha predispuesto a esta cínica postura.
De vez en cuando se muere alguien, a ser posible en Sevilla, cuya bonhomía, su entrega a los demás o sus gestas en vida se desconocen por la mayoría, y se arma un espectáculo de dolor y sentimiento como si desapareciera la Reina de España. Los sevillanos han sido siempre proclives a gustarse, a mirarse y admirarse en las calles con cualquier motivo, y eso ayuda: Semana Santa, entierro de Paquirri, la Feria, inhumación de la Lola, boda real… El día que fallezca la Pantoja (quiera su dios que sea tarde pero a tiempo para poder yo contemplarlo) la función será memorable.
Se ha muerto el chico ese, un futbolista de veintidós años, que ya es mala leche si bien personalmente no me ha afectado lo más mínimo, con la aciaga coincidencia de que en las mismas horas desaparecen, con menos tributos y boatos, Emma Penella y Umbral legando a sus coetáneos mucho más provecho que el deportista, creo yo. Y cincuenta mil personas se tiran a las avenidas y a los camposantos, inundándolos de dolor (¿?) y gimiendo como plañideras arrebatadas para que todos los informativos abran con la noticia como primordial asunto del día.
Nada tengo contra el muchacho, nada a su favor. No sé qué distinción tan principal hay entre su defunción y el accidente que se ha llevado por delante a un obrero esclavizado que dormitaba en la construcción donde le explotaban. No sé. Pero me parece una desvergüenza.