He observado a mi perro huir despavorido por el aroma fétido de un silencioso pedo expelido por él mismo, como si se tratara de la reaparición del cercenador de su rabo cuando cachorro. He sonreído maliciosamente ante su olfato pasmado por la repentina invasión del olor de un cuesco ajeno. Y hoy me he sorprendido yo solito exhalando en la cerrada de mi coche mis propias ventosidades semejantes al hediondo perfume del ataúd recién abierto de una momia inca.
Evidentemente el ser humano pertenece a una especia tan extraña y caprichosa, tan egocéntrica y egoísta que hasta nuestras flatulencias (pero únicamente las propias) nos agradan: hay que ser pervertidos y gilipollas. Es lo que hay.
Debe ser por dicha condición que a mí me cae estupendamente la familia real británica, con sus tampax y sus fantasías sexuales desviadas y hasta abyectas, empezando por la difunta Reina Madre conservada en Beefeater hasta los 101 años; o el rey consorte y florero de quien el melifluo Charles (pronúnciese muy a lo finolis, alargando mucho la “aaaa…”) heredó las orejas de Dumbo; o sus niños, que vaya panda; o su equina y vejestoria esposa: eso sí es imperdonable pudiendo haberse ayuntado con una núbil jovenzuela, lozana y chisposa.
Dicen, sin embargo, las encuestas que los británicos ahora aprecian menos su milenaria institución porque, entiendo yo, han descubierto que reyes y princesas son humanos, que defecan y caen presa de las bajas pasiones, que se hurgan los mocos y tienen la regla. Lo dice The Times- periódico propiedad física e intelectual del neocón Murdoch aconsejado por nuestro inefable JoseMari Aznar- al hilo de los fastos y celebraciones del décimo aniversario de la muerte de Diana, esa ñoña bastante fea y gazmoña bulímica que retozaba en lechos ajenos con moros… y con cristianos de verga inquieta, claro. Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, The Times embiste igualmente contra nuestros borbones, poniendo de manifiesto la lujosa y regalada vida que ostentan, la opacidad de sus gastos y negocios, y la creciente cuadrilla familiar de gandules cuyo sustento, vacaciones y relajos pagamos los españolitos cada vez con menos agrado.
Es curioso que Felipe González, no hace muchas fechas, cuando comenzaron a destaparse las críticas de manera velada, recordara que la etapa en la que más se ninguneó a Juan Carlos coincidió, precisamente, con la presidencia de Aznar. Y yo deduzco que esa conducta se debe al pasado (y presente) falangista de nuestro prócer, educado en el odio a la institución que enseñaban en la OJE y en los campamentos de verano de Covaleda:
De Portugal ha venido
De Portugal ha llegado
Un Príncipe muy bonito
Que se llama Don Juan Carlos.
Como es alto, guapo y rubio
Y desciende de un francés,
En la cara se le nota
Lo gilipollas que es.
A la estación de Delicias
Salieron a recibirle
La “cornucracia” española,
El clero y guardias civiles
El que quiera una corona
Que se la haga de viruta
Que la corona de España
No es para ningún hijo de p…
El que quiera una corona
Que se la haga de cartón
Que la corona de España
No es para ningún ca…
(cántese con música de “Dónde vas Alfonso XII…”)
Ese tipo de infantiles cancioncillas entonaban.
En definitiva: si los neocón son antimonárquicos y nos sumamos los republicanos de convicción, los nuestros tienen menos futuro que el Atlético de Madrid en esta liga.
Y yo que lo vea.