puedo prometer y prometo

27 de Octubre de 2007

Retazos de infancia

Archivado en: Vida — D@vid @ 10:58 am

Nací en una casa imposible, jamás imaginada en cuentos o contada en novelas. La casa familiar era vertical, como una cascada, partida en su mitad.

No existía portal alguno porque el negocio familiar, una librería que se titulaba sin pretensiones y equívocamente Kiosco Lecturas (la solución de subsistencia que buscó mi buen padre, maestro de convicciones republicanas y socialista de militancia, exiliado en la Francia ocupada y a su regreso expoliado de su título profesional) hacía las veces de puerta y zaguán al que se accedía desde la calle tras subir un alto escalón gris con motas negras de difícil o desconocida composición.

La fachada estaba flanqueada por dos tenderetes en madera verde donde se colgaban las revistas y diarios abrazados con pinzas para la ropa. Un toldo desgastado, que fue marrón, protegía las publicaciones de los destructores rayos del sol de mediodía y que los hermanos pugnábamos por bajar con el gancho de hierro que se escondía en el interior, al final de un mostrador en ángulo recto con expositores de cristal en sus bajos donde refulgían los estuches de las estilográficas. A su izquierda, haciendo pasillo, se elevaban hasta el techo estanterías de madera también verde repletas de libros clásicos y novedosos para su venta.

Esparcidos, algunos anuncios manuscritos con la impecable caligrafía de escuela antigua de mi padre que pregonaban la compra, venta y alquiler de novelas (básicamente del Oeste, escritas por Manuel Lafuente Estefanía, y relatos románticos firmados por Corín Tellado) perfectamente alineadas en alargados y estrechos cajones, manufacturados probablemente por las hábiles y poderosas manos de nuestro progenitor, barnizados en ocre oscuro y ajustados a la medida de las publicaciones que se ofrecían a la clientela.

También se reparaban plumas y se cosían puntos a las medias.

Al fondo del local, dos amplios escalones en los que yo ojeaba y carcajeaba La Codorniz conducían al absurdo: a la derecha una escalera que llevaba al purgatorio, y al fondo… una cocina que pertenecía a la familia con la que compartíamos el edificio y que inundaba todas las estancias de olor de marmita aguada con mondas de patatas flotando, tocino rancio y berza, y también de mugre, de falta de ventilación y mínima higiene.

Subiendo la escalera, las tinieblas, la oscuridad y el espanto en el rellano donde se adivinaban dos estancias jamás visitadas, solamente intuidas, y en las que una anciana horrenda, con blonda melena a la que despojaba incansable de las costras de caspas empuñando melladas peinetas de nácar, enseñando adelantada una nariz aguileña que asomaba siempre en mis pesadillas, y a la que jamás escuché voz alguna sino solamente gruñidos de animal perturbado.

Salvado el escollo, a toda prisa y enloquecida carrera si era ya la noche, alcanzaba la puerta familiar que se abría desde el exterior por medio de una cuerda que atravesaba la hoja por un agujero y atada, por el lado interno, al pestillo. Tras otro corto tramo de empinadas escaleras, el paraíso, la cocina familiar fundida en el color negro del hierro y alimentada por leña o carbón.

Justo enfrente, tras un mínimo pasillo del que también arrancaba el camino hacia las habitaciones superiores, la sala familiar: suelo encerado de baldosín rojo que soportaba un trinchero, una gran mesa camilla, casi desvencijada, que en sus entrañas escondía el brasero de cisco con badil y rejilla de alambres, y un mueble a media altura del que se descolgaba una cama turca en la que yo, frecuentemente, combatía los febriles y continuos episodios de amigdalitis.

Un balcón asomaba el rumor de la vida casi escondida, en estado latente, de mi pequeña ciudad. A su izquierda, un minúsculo aparador en el que “la Vitoria” trabajaba por las mañanas cogiendo puntos a las medias y que cuando ella emigró a Alemania se convirtió en el soporte de una hermosa radio con un ojo verde y triangular, equipada con el último adelanto del pick-up con apertura por la parte superior, y con onda corta desde la que tratábamos de escuchar el boletín informativo en español de Radio París, a las once de la noche. Justo enfrente, en la otra pared, una máquina de coser marca Singer que delataba cierto desahogo económico en nuestro circulo familiar.

Y el frío. Frío en total abundancia y anarquía para sentirlo desde cualquier rincón de la casa y penetrar en cualquier parte del cuerpo.

Había, no obstante, un momento mágico justo antes de dormir: mi madre retiraba la mesa hacia el interior de la sala para protegernos del gélido relente que se colaba por los desajustados cierres del ventanal y, milagrosamente, quedaban al descubierto unas cuantas baldosas que conservaban el calor y sobre las que apuraba con deleite mis últimos minutos de juegos solitario antes de retirarme a la cama.

En el piso superior se encontraban dos dormitorios: uno, el de matrimonio, amplio, vestido con un armario de tres cuerpos y un balcón que daba al exterior desde el que contemplábamos los fuegos artificiales de la fiestas, las cabalgatas de la víspera del día de Reyes o la entrada de “La Saca” y la salida de “Las Bailas” en San Juan. El otro, pequeño e interior, lo compartimos durante tiempo mi hermano Julián y yo.

Nos acompañaba mi madre a la hora de acostarnos, pertrechada con un frasco de alcohol de quemar y una palangana o un plato de metal esmaltado en el que vertía y prendía el líquido mientras nos desnudábamos, únicamente de lo imprescindible, para evitar aterirnos durante la operación.

Ya dentro de la cama, nos aguardaba un calorífero de arena o una bolsa de agua caliente en la que los cuatro pies peleaban duramente, bajo la montaña de mantas, por encontrar el mejor y más confortable acomodo.

No recuerdo cuándo ni por qué dejamos de soñar juntos, pero para mí supuso el exilio total: primero, expulsado del dormitorio parental; luego, del amparo de mi hermano que, inconscientemente, reparó los pesares de muchas zozobras nocturnas e infantiles.

Nunca más me encontré ya protegido.

Aclaración: Cuento todo esto (y podría continuar muchísimo más) porque mañana es el cumpleaños de mi hermano Julián al que le adorna la redonda cifra de sesenta años aunque no los aparenta. Y porque no se me ha ocurrido mejor manera para desearle felicidad. Y porque, seguro, seguro, me comentará este post y corregirá detalles, recuerdos que probablemente yo he fantaseado. Pero serán igualmente nostálgicos y hermosos. También seguro.

12 Responses to “Retazos de infancia”

  1. Ariadna Says:

    Feliz cumpleaños papá!!! (anoche intenté postear y esto no funcionó, espero que ahora sí)

    Comentaba en el otro post que es estupendo oiros contar (o leer) historias y recuerdos sobre personas que nos rodean o nos rodearon, y también sobre nuestra historia (en este caso historia familiar). Además, siempre lo contais todo (o casi todo) de una forma entrañable.

    Ayer, mientras comíamos, estuvo contándome una anécdota sobre el abuelo en Francia, y el otro día estuvimos recordando sus “trucos” matemáticos, con los que a mí me dejaba asombrada, y los maravillosos macarrones de la abuela…

    Estaré atenta a los comentarios y/o correcciones, que seguro que los habrá.

    Besos

  2. david Says:

    El problema de mal funcionamiento de la página parece que se debe al servidor dondé está alojada. Así que tal vez, algún día, en el futuro lejano, Marquitos la migre a un sitio más fiable.

    Las historias personales son las únicas verdaderamente emocionantes, en el sentido de sentimientos y de aventura también. Y recrearlas o recordarlas es un placer mezclado de nostalgia y de cierta tristeza.

    Créeme si afirmo que este largo post hubiera podido ocupar muchas más páginas. Y eso, sin llegar al piso último de la casa, el mágico piso con buhardilla, retrete, el almacén donde se guardaban las misteriosas alquimias de tu bisabuelo fotógrafo (y muchos más oficios)… y un mágico baúl en el rellano, del que posiblemente te podrá contar tu padre cuántas maravillas encerraba: un alambre con monedas de 25 céntimos, agujereadas en su centro y con las que tu papi se adornó un muy fashion y cool cinturón de la época, por ejemplo.

  3. Ignacio Says:

    Ante mi incapacidad de elección para la busqueda de alguna historieta que sacar a relucir o de alguno de tus chistes para cada momento he decidido optar por decir lo más simple para este tipo de diás que se expresa en breves palabras

    ¡Feliz cumpleaños papá!

  4. lamaladelapelicula Says:

    Este es el papi que más me gusta leer

    muchas felicidades tio!

  5. Merlintxu Says:

    Ya tenemos el nuevo server.. en principio para Todos Los Santos tenemos todo migrado

  6. D@vid Says:

    ¡Dios, que Todos los Santos nos amparen…!

  7. adiskide Says:

    Desde Lapland.

    Felicidades para el bien llegado.

    Espero que la familia lo celebrara como se merecen.

  8. Julián Says:

    No hay que olvidar la “Biblioteca Ambulante”, con la que no pocos sorianos se podían permitir el lujo de leer barato y sobre todo guiado, ya que “El Señor Julián” les indicaba las mejores lecturas para sus gustos y capacidades intelectuales. Estaba ubicada en el fondo del mostrador mirando desde la calle.
    En el forro de los libros ponía el nombre del que lo alquilaba y la fecha.
    No te puedes acordar de que cuando quitó la biblioteca se la ¿vendió? al que por entonces era el entrenador del Numáncia, creo que se llamaba Cerezo y estuvo dos años a punto de ascender a 2ª división siendo presidente Don Juan Sala de Pablo.
    Por aquel entonces jugaba nuestro hermano mayor en los juveniles, yo diría que muy bien, pero con algo de miedo, por lo que se frustró su incipiente carrera.
    Muchas gracias a todos los bien-intencionados que me habéis felicitado por mi cumpleaños, y que cumpláis conmigo muchos más.

  9. Julián Says:

    Efectivamente se podían estar contando cosas y casos al hilo por lo menos sesenta años.

  10. D@vid Says:

    Jojo. Tu hermano mayor (yo tengo dos) jugó un solo partido contra unos acémilas de un equipo aragonés. Marcó un gol de “narices”, es decir, con el apéndice, a saque de esquina: fui yo testigo de cargo en el desaparecido campo de San Andrés… y nunca más volvió.

    El entrenador era el que trabajaba en Monreal, no recuerdo el nombre pero era cachondo y singular (el nombre).

    Y, efectivamente, la biblioteca fue a parar a manos de Cerezo: ¡qué cosas, un futbolero con inquietudes!

  11. Julián Says:

    Era el Doroteo, y Cerezo no tenía inquietudes, solo era coleccionista y compraba libros al peso, pero no leía jamás.
    El gol lo marcó con el ojo y no con la nariz.

  12. D@vid Says:

    Pudiera ser porque aunque no tiene los ojos saltones seguramente le sobresalen a la ínfima nariz.

    Y sí, era el Doro el de juveniles, de donde salió el Plaza y mucho más tarde (entre medias el Manolín que jugó en el Madrid de equipos inferior y en el Valladolid), pero no sé si de los Escolapios o de El Numancia, el Vitoria que sí fue titular en el Madrid absoluto.

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