Aquel invierno los días de las heladas se sucedieron unos sobre otros hasta dejar los caños de las fuentes completamente rígidos y con reflejos azulados. En los aleros, todas las mañana colgaban carámbanos nuevos cada vez más cercanos al suelo a los que los niños, camino de la escuela, quebrábamos el extremo para simular que comíamos un polo veraniego a lametones.
Apenas comenzado febrero, una tarde de domingo recién inaugurada marchamos una caterva de niños al parque de la Dehesa a ver la fuente de manantial solidificada -aquella fuente en la que si no habías caído ya de bruces no se te otrogaba la condición de soriano legítimo- y que era pórtico de un gran prado al que todavía hoy llamamos “el Alto de la Dehesa”, flanqueado por breves pinares con el oasis intermedio de La Rosaleda. Alguno observó que al chorro central del estanque lo abrazaba tal cantidad de capas de hielo que había obturado completamente la boca del conducto y propuso el juego de tirar piedras hasta que consiguiéramos liberarlo. Y a ello nos afanamos los ocho o diez zagales que componíamos la partida, con tan buen tino que uno le arreó tal chinazo que partió en dos el tubo y los hielos e hizo manar el agua, ahora líquida, a borbotones.
Al lado de la fuente y del estanque se ubicaban, como ahora, unos retretes públicos en los que un cuartucho separado servía de cobijo a la menguada mujeruca que los limpiaba y, a veces, en las frías jornadas sorianas, al guarda uniformado de pana marrón con cinto y bandolera en cuero negro. Alertado por el alboroto, brincó desde el refugio el vigilante, y observando el desaguisado emprendió con gran vocerío una persecución tras la chavalería que, obviamente, salimos de najas. Pero el guardián, aunque huero de un ojo, era un enjuto mozalbete recién llegado de algún pueblo y a la altura del antiguo parque de bomberos, trescientos metros más allá en línea recta, hizo presa de uno de los nuestros al que arrastró hasta el cuartelillo de los municipales como a un peligroso delincuente puesto que su jurisdicción era sólo forestal. Los fugitivos seguimos a distancia la maniobra, aterrorizados.
El pobre chico cantó hasta donde sabía, que no era mucho puesto que formábamos pandilla de conveniencia y no la componíamos asiduos. Pero con la sagacidad que les corresponde a los policías ante un reo de nueve años, sonsacaron el nombre de uno que también entonó el de otro, y así hasta que al cabo identificaron a todos.
Yo me refugié en casa temiendo la aparición repentina de las fuerzas de seguridad ante mi puerta, con los grises al frente para detenerme y gran aparato de luces y sirenas, avisos de megáfono, porras y esposas y mandamientos judiciales. Mas nada ocurrió… momentáneamente.
Ese mismo febrero la Revista Lecturas, aprovechando la aparición de un fenómeno mediático de la época, de una niña prodigiosa llamada Marisol, realizó un concurso cuyo premio consistía en que una pareja escogida de cada provincia viajaría a Madrid a conocer en persona a la artista y compartir con ella tres días de balde, a gastos pagados: todo un sueño para quien, como yo, había visto su primera película ¡nueve veces!, en sala grande y sacando entrada, y me sentía completamente enamorado de la pizpireta malagueña.
Como el negocio familiar era una librería, no tardé en convencer a mi madre para que me permitiera cortar el cupón sobre el que referir mis datos y mandarlo al certamen, con tanta suerte que salí seleccionado para la siguiente prueba en la que, entre diez niñas y otros tantos niños, un jurado escogía aquellos dos que presentaban más desparpajo, mejor saber estar y quién conoce qué otros arcanos de elección. ¡Y otra vez gané!
Las vísperas fueron tan excitantes que casi olvidé el incidente del parque: tuvimos una reunión con los organizadores en la que se entregaron los billetes de tren y las instrucciones apropiadas y consejos al uso.
Preparada la maleta, me guiaron mis padres hasta la estación y esperamos la llegada del Automotor (el desaparecido T.E.R. Madrid - Pamplona) en el que nunca había viajado aunque en dos ocasiones anteriores había ido ya a Madrid en máquina de vapor que cubría de carbonilla las manos, la vestimenta y el pelo de los pasajeros de los asientos de tercera.
En el vagón viajaban igualmente la parejita proveniente de Pamplona y una azafata al cuidado de los cuatro. La niña navarra resultó una morenita de media melena muy tupida y muy crespa, carita redonda y blanquísima como sus manos, y tan simpática que me hice su novio antes de llegar a Torralba.
Ya en la capital, subimos andando desde la Estación del Norte, acompañados de un porteador, al lujosos y recién estrenado hotel Príncipe Pío donde nos alojaríamos durante esos días.
La misma noche tuvimos el primer encuentro con Marisol que se acercó al establecimiento, nos saludó uno a uno y cenó con nosotros. Lucía un vaporoso vestido en color crudo que descubría sus rodillas entonces huesudas, con zapatos completamente planos a juego y una sonrisa alegre de cartel de cine de la Gran Vía . No sospechábamos que a la pobre estrella, cuatro años mayor que yo, le obligaban a fajarse los pechos, ya más que incipientes, para mantener una apariencia de pubertad que la naturaleza negaba. Mas no me causó gran impresión obnubilado como andaba con mi nueva novia a la que acariciaba la mano o prendía el talle, sin resistencia por su parte, en cuanto la ocasión era propicia.
Las jornadas, fatigosas y apasionantes, pasaron vertiginosas entre visitas a los estudios de rodaje, excursiones, citas con la actriz, ágapes y meriendas, presencia en programas de la televisión… y las conversaciones de platónicos enamorados con mi chica.
A la vuelta, en Alcalá de Henares, el tren se perfumó todo de olor a almendras garrapiñadas que asaban los vendedores casuales al pié de las vías. Compré dos mínimos estuches, uno para llevar como recuerdo a casa y otro que regalé a la niña preciosa de mi aventura, dilapidando así el resto de la pequeña fortuna que llevé al viaje.
En la parada de Soria despedí con un suave roce como un beso inesperado a mi novia pamplonica mientras ella sostenía la cajita de almendras, y aunque nos cambiamos alguna correspondencia y pequeñas fotos, la perdí en aquel andén para siempre. Qué avatares le habrán sobrevenido en su vida, he meditado muchas veces. ¿Me recordará aún como yo a ella?
En casa aguardaban todos, todos: familiares, conocidos, amigos, peleando por interrogarme acerca de cómo era Marisol, qué habíamos hecho, de qué hablamos, adónde nos habían llevado…
Finalmente, mi madre enseñó dos o tres revistas de la época en la que aparecía yo, nada menos que en portada, junto a la estrella… Y mi padre, una multa de cincuentas pesetas que me habían impuesto por la destrucción de la fuente de propiedad pública. Menos mal que el otro venturoso acontecimiento tapó la falta y alimentó el olvido.
Hoy, Pepa Flores cumple sesenta años y me gusta más ahora que entonces, me parece una mujer bravía con una vida valiente y comprometida, que ha escogido, y que, ya abuela, sigue inmensamente bella.
¡Felicidades!