Aquellos años
En Soria coexistieron dos estaciones de ferrocarril, la Estación Vieja y la Nueva, a pesar del escaso tráfico de trenes que circulaban por nuestra ciudad. La Vieja quedó casi de repente atrapada entre las construcciones de edificios de casas, y el paso a nivel con guarda y barreras que antes marcaba el principio de la frontera de las afueras prohibidas para los niños, señalando el camino hacia Los Rábanos, a La Sequilla, a las breves huertas ribereñas del Duero adonde se cosechaban los más carnosos y suculentos tomates que en dos mitades y ligeramente sazonados mordía yo con auténtico deleite, las borrajas más sutiles y tiernas, sedosas vainillas (así conocemos los sorianos, con perdida precisión, a las judías verdes) o los tubérculos que El Rumba, como un mago alquimista, transformaba en las más finas y delicadas patatas fritas que al crujir en boca se deshacían como frágiles obleas, se convirtió en una muralla para la incipiente expansión de la capital. Así que su destrucción y la desaparición de sus escombros quedó rápidamente justificada por favorecer el anhelado progreso que nunca, en realidad, llegó.
Durante bastante tiempo el solar no tuvo más provecho que la instalación de la feria de atracciones que cada junio, acercándose el solsticio de verano, complementaban las muy animadas de por sí Fiestas de San Juan.
Aparte de marcar pertinazmente las mínimas invernales, Soria ostentó sobrada y largamente la marca de mayor número de bares por habitante de todo el territorio nacional. Y a pesar de ello, en épocas sanjuaneras, los nativos arrasábamos tempranamente almacenes, paciencia de amos y resistencia de camareros de los locales tradicionales por lo que el único lugar en el que se podía continuar la pitanza, el jolgorio y el trasiego era un tenderete trashumante llamado “Las Camelias” que se plantaba junto a los autos de choque, al lado de las estridentes tómbolas y de los carruseles infantiles o de las casetas de tiro con carabinas de perdigones trucadas.
Quieren mis recuerdos sonsacar una madrugada del Viernes de Toros al Sábado de Agés del año 1969, tal vez de 1970, no muchos meses después del primer asesinato reivindicado por ETA y del Mayo parisino, cuando un grupo muy heterogéneo y abundante de amigos y conocidos andábamos empinando la penúltima cerveza de la noche en la barra de madera en perfecto cuadrado del garito ambulante, apestada de olor a pancetas y salchichas en aceite de refrito, a desmesurados bocatas de chorizo grasiento, sin otra pretensión que reír y hacer hora, si no lo era más que sobrepasada, para el retiro. Entonces surgió, al otro extremo, la habitual e infundada trifulca seguida de empellones, morradas y guantazos entre beodos de mal vino y, al poco, apareció la guardia municipal recién motorizada con un Citroën Diane 6 pintado de serie en crema y dotado de una azulada sirena en el centro del techo metálico como singular distintivo al de otro vehículo particular.
Como era la costumbre, los municipales desenfundaron las porras y se liaron a golpear sin previa consulta a cualquiera al alcance de su arma con tan buena fortuna que a uno de los nuestros le tocaron en la rifa media docena de palos. Y no porque participara en el alboroto sino por las picias del pasado o las que se suponía cometería en el cercano futuro. Así se las gastaban los agentes del orden. Nuestro amigo, algo mayor que yo, se llamaba Juan, exterminado a prontísima edad por un cáncer fulminante, y he contraído la deuda moral con mi conciencia de hablar alguna vez de él y del peculiar, original y único personaje que componía.
Juan Antonio, el Juanillo, mantuvo inopinadamente la calma, y en lugar de embestir atropelladamente contra los guripas y regalarlos con lacerantes blasfemias acerca de su innoble condición, soportó la mediana paliza que aquella chusma uniformada de azul y cabreada le había propinado y se retiró al abrigo del resto del grupo. Pero él era un tipo de agallas y de ocurrencias, y aquella afrenta no quedaría sin desquite.
De vuelta el ridículo vehículo al aparcamiento reservado del cuartelillo del Ayuntamiento en la Plaza Mayor, la pandilla enfilamos hacia la céntrica calle de El Collao donde los puestos de venta de bujerías y menudencias, manzanas caramelizadas, cocos en rodajas, chufas a remojo y otras zarandajas permanecían abiertos. Y allí adquirimos todas las existencias de minúsculos petardos que los mercachifles fueron capaces de suministrar.
Constituidos en comandos, sobrepasamos los soportales del Casino hasta alcanzar y cercar silenciosamente el vestíbulo de los municipales que dormitaban apaciblemente. A la señal queda del Juanillo, prendimos las breves mechas, y grupo a grupo, coordinadamente, asaltamos con la inocua pólvora la entrada del cuartel causando un estrépito y escándalo tal que los policías se sintieron víctimas de un atentado del que se guarecieron tras sillas y bajo mesas del despacho con traza de oficina decimonónica y siniestra.
Pistola en ristre, con las gorras sin calar y las guerreras desabotonadas, congestionados por el terror y desconcertados por el súbito ataque, salieron despavoridos tras la cuadrilla que ya nos aprestábamos a remontar la empinada cuesta de la calle Las Fuentes, lateral al edificio.
Los policías, cuatro en total, entre ellos el cabo, un obeso casi mórbido apelado por mote “El Bollero”, decidieron subir al Diane 6, y sirena y luces de alarma girando, persiguieron al grupo que callejeábamos a la carrera hasta que los condujimos hasta la de La Económica, angostamente medieval, donde el coche quedó inverosímilmente encajonado e inservible para nuestra captura. Los gendarmes tuvieron que trepar hasta el portón trasero del maletero para liberarse y continuar con el acoso.
Entre los nuestros se encontraba Justino, el Justi, herrado hasta la cadera por las secuelas de la poliomielitis infantil, siempre calzado con unas ajadas botas tobilleras de color marrón y confortado por una muleta, que resultó pieza fácil para la angustiada autoridad una vez pie en tierra.
Apresado y esposado lo observábamos a prudente distancia, mientras el Juanillo, descojonado, le gritaba:
- Justiiiiiiii: ¿ves cómo se coge antes al cojo que al mentiroso…?
Luego, lo de siempre: el Justi cantó los nombres de los colegas y hubo juicio de faltas al que yo asistí como testigo de la defensa porque nadie me reconoció como actor involucrado. Mas su señoría me expulsó por tratar, de modo displicente, de corregir a uno de los agentes que afirmaba haber sido, además de víctima de atentado a la autoridad en grado de tentativa, objeto de insulto y escarnio por parte del Juanillo que le había llamado “Bollero, Bollerín, Bolletere”, lo que el Juanillo desmintió, con mi anuencia y mi grito de apoyo desde las bancadas del público, porque, en verdad, le había dicho “Bollero, Bollerín, Bollerazo…” quedando yo así, afortunadamente, descalificado de por vida como colaborador de la Justicia y mi amigo condenado a multa y costas una de tantas veces más.
¡Qué cosas sucedieron en aquellos años…!
Febrero 13th, 2008 at 1:34 pm
[…] mas http://www.puedoprometeryprometo.com/2008/02/12/aquellos-anos.html traido a usted por […]
Febrero 14th, 2008 at 12:19 am
qué bueno papi, incluso desde Brasil me emocionas, me llegas y me encantas
besos enormes
Febrero 15th, 2008 at 11:44 pm
jajaja qué bueno! el Juanillo, y la historia.
Hablando de mi pueblo… hace 15/20 años llegó a tener 20 bares abiertos, y hablamos que tenía unos 350 habitantes. Seguro que no le tuvieron nunca en cuenta en la marca que comentas
Saludos!
Febrero 16th, 2008 at 8:07 am
Seguro, pero en Soria hemos sido tan paletos, de siempre, que no consentimos comparaciones más que con capitales de provincia…