puedo prometer y prometo

6 de Marzo de 2008

Vísperas de Reyes

Archivado en: Recuerdos — D@vid @ 1:41 pm

Determinó el destino (y probablemente también la fatalidad) intercalarme como el tercero de cuatro varones, con la suficiente diferencia de años entre los mayores y el menor para quedar siempre en tierra de nadie, sin alianzas negociables, en ese territorio en el que los hermanos francotiradores te aciertan siempre en lo más íntimo o en lo más doloroso porque, a más de otras causas, no hay otro objetivo tan débil y descubierto al que cañonear.

En ese estado de sitio llegaron las vísperas de un día de Reyes que, por mi edad, esperaba ya con la reticencia inquietante y la incertidumbre insoportable de quien se amosca como un marido burlado, del que se debate entre el sabor amargo de los celos inciertos o la gangrena mortal de la duda permanente.

Ya en la escuela algunos rumores me había partido la inocencia, y la verdad sobre los Reyes Magos comenzaba a socavar los más firmes pilares de mi infancia que se desvanecía inexorablemente para siempre.

Como entre los púberes hay siempre un aliño adicional de mala uva para herir y cebarse en la aflicción, una mañana mis hermanos confirmaron mis peores presagios, y conduciéndome al cuarto de mis padres me mostraron, entre las sábanas perfumadas de fragante jabón casero, secadas entre el límpido aire y el resol invernal, algún regalo que mi madre había escondido mientras falsificaba la llegaban de los Reyes de Oriente…

Aquel enero de vacaciones navideñas se comportaba benevolente, con escasos hielos matinales y alguna neblina disipada apenas por la endeble fuerza del mediodía pero que dejaba al descubierto breves y hermosos celajes, propiciando el libertino goce de las calles al que la gatería de mi pandilla estábamos acostumbrados, ya puesta la ilusión y los comentarios todos sobre los juguetes que codiciábamos. Pero después de la fatal revelación me encerré en la casa ante la extrañeza de mi madre que no tardó en preguntar acerca de mi repentina tristeza.

Entre sollozos, le confesé lo acontecido sin que ella le diera importancia y aportándome una explicación extraña y mágica. Tanto fue así que llegada la víspera de Reyes me acompañó a ver la cabalgata nocturna y luego a la recepción que entonces daban sus Majestades a todos los niños en el Palacio de la Diputación y en la que cada uno se acercaba a su Rey favorito: esas son algunas de las inigualables prebendas que se otorgan con munificencia a los nacidos en una pequeña capital de provincias.

Para el tercero de una saga no había posible elección sino el que tocaba, y llegado el momento me acerqué al que mis hermanos forzosamente me consignaron, Melchor, que me aupó a su regazo, y tras una pausa de sonrisa afable y algo picante me dijo:

- De modo que tú no crees en los Reyes, me ha dicho un pajarito, porque tus hermanos te han enseñado el secreto de dónde guardo yo los regalos…

Nadie puede imaginar lo que entonces sentí: nunca he vuelto a experimentar semejante mezcla de sorpresa, de vergüenza, de zozobra, de incontenible entusiasmo… y noté el sonrojo invadiendo mis mejillas como un río de lava súbito mientras continuábamos con las confidencias que el Mago, aquella criatura demudada y desconocida, trataba con sorprendente y fascinante familiaridad.

Al día siguiente, frente al balcón en el interior del dormitorio de mis padres, allí estaban los juguetes, incluido el que cruelmente me fue descubierto pero rodeado de un impresionante Fort Apache, con figuritas de indios y vaqueros a lomos de sus caballos de caucho, algunos dulces, una caja de pinturas Alpino con embriagantes aromas a madera y otras pequeñeces.

Aunque fue la última noche en la que conservé la inocencia, nunca indagué acerca del incidente con el Rey Mago, y solamente muchos años después, de forma espontánea, probablemente en alguna sobremesa, mi madre confesó que un amigo de la familia se vistió aquel año de Melchor… y que, naturalmente, había sido profusamente prevenido de toda la peripecia.

¡Buena madre que supo conservar la ingenua ilusión, y más aún por ser la postrera!

12 de Febrero de 2008

Aquellos años

Archivado en: Recuerdos — D@vid @ 6:21 pm

En Soria coexistieron dos estaciones de ferrocarril, la Estación Vieja y la Nueva, a pesar del escaso tráfico de trenes que circulaban por nuestra ciudad. La Vieja quedó casi de repente atrapada entre las construcciones de edificios de casas, y el paso a nivel con guarda y barreras que antes marcaba el principio de la frontera de las afueras prohibidas para los niños, señalando el camino hacia Los Rábanos, a La Sequilla, a las breves huertas ribereñas del Duero adonde se cosechaban los más carnosos y suculentos tomates que en dos mitades y ligeramente sazonados mordía yo con auténtico deleite, las borrajas más sutiles y tiernas, sedosas vainillas (así conocemos los sorianos, con perdida precisión, a las judías verdes) o los tubérculos que El Rumba, como un mago alquimista, transformaba en las más finas y delicadas patatas fritas que al crujir en boca se deshacían como frágiles obleas, se convirtió en una muralla para la incipiente expansión de la capital. Así que su destrucción y la desaparición de sus escombros quedó rápidamente justificada por favorecer el anhelado progreso que nunca, en realidad, llegó.

Durante bastante tiempo el solar no tuvo más provecho que la instalación de la feria de atracciones que cada junio, acercándose el solsticio de verano, complementaban las muy animadas de por sí Fiestas de San Juan.

Aparte de marcar pertinazmente las mínimas invernales, Soria ostentó sobrada y largamente la marca de mayor número de bares por habitante de todo el territorio nacional. Y a pesar de ello, en épocas sanjuaneras, los nativos arrasábamos tempranamente almacenes, paciencia de amos y resistencia de camareros de los locales tradicionales por lo que el único lugar en el que se podía continuar la pitanza, el jolgorio y el trasiego era un tenderete trashumante llamado “Las Camelias” que se plantaba junto a los autos de choque, al lado de las estridentes tómbolas y de los carruseles infantiles o de las casetas de tiro con carabinas de perdigones trucadas.

Quieren mis recuerdos sonsacar una madrugada del Viernes de Toros al Sábado de Agés del año 1969, tal vez de 1970, no muchos meses después del primer asesinato reivindicado por ETA y del Mayo parisino, cuando un grupo muy heterogéneo y abundante de amigos y conocidos andábamos empinando la penúltima cerveza de la noche en la barra de madera en perfecto cuadrado del garito ambulante, apestada de olor a pancetas y salchichas en aceite de refrito, a desmesurados bocatas de chorizo grasiento, sin otra pretensión que reír y hacer hora, si no lo era más que sobrepasada, para el retiro. Entonces surgió, al otro extremo, la habitual e infundada trifulca seguida de empellones, morradas y guantazos entre beodos de mal vino y, al poco, apareció la guardia municipal recién motorizada con un Citroën Diane 6 pintado de serie en crema y dotado de una azulada sirena en el centro del techo metálico como singular distintivo al de otro vehículo particular.

Como era la costumbre, los municipales desenfundaron las porras y se liaron a golpear sin previa consulta a cualquiera al alcance de su arma con tan buena fortuna que a uno de los nuestros le tocaron en la rifa media docena de palos. Y no porque participara en el alboroto sino por las picias del pasado o las que se suponía cometería en el cercano futuro. Así se las gastaban los agentes del orden. Nuestro amigo, algo mayor que yo, se llamaba Juan, exterminado a prontísima edad por un cáncer fulminante, y he contraído la deuda moral con mi conciencia de hablar alguna vez de él y del peculiar, original y único personaje que componía.

Juan Antonio, el Juanillo, mantuvo inopinadamente la calma, y en lugar de embestir atropelladamente contra los guripas y regalarlos con lacerantes blasfemias acerca de su innoble condición, soportó la mediana paliza que aquella chusma uniformada de azul y cabreada le había propinado y se retiró al abrigo del resto del grupo. Pero él era un tipo de agallas y de ocurrencias, y aquella afrenta no quedaría sin desquite.

De vuelta el ridículo vehículo al aparcamiento reservado del cuartelillo del Ayuntamiento en la Plaza Mayor, la pandilla enfilamos hacia la céntrica calle de El Collao donde los puestos de venta de bujerías y menudencias, manzanas caramelizadas, cocos en rodajas, chufas a remojo y otras zarandajas permanecían abiertos. Y allí adquirimos todas las existencias de minúsculos petardos que los mercachifles fueron capaces de suministrar.

Constituidos en comandos, sobrepasamos los soportales del Casino hasta alcanzar y cercar silenciosamente el vestíbulo de los municipales que dormitaban apaciblemente. A la señal queda del Juanillo, prendimos las breves mechas, y grupo a grupo, coordinadamente, asaltamos con la inocua pólvora la entrada del cuartel causando un estrépito y escándalo tal que los policías se sintieron víctimas de un atentado del que se guarecieron tras sillas y bajo mesas del despacho con traza de oficina decimonónica y siniestra.

Pistola en ristre, con las gorras sin calar y las guerreras desabotonadas, congestionados por el terror y desconcertados por el súbito ataque, salieron despavoridos tras la cuadrilla que ya nos aprestábamos a remontar la empinada cuesta de la calle Las Fuentes, lateral al edificio.

Los policías, cuatro en total, entre ellos el cabo, un obeso casi mórbido apelado por mote “El Bollero”, decidieron subir al Diane 6, y sirena y luces de alarma girando, persiguieron al grupo que callejeábamos a la carrera hasta que los condujimos hasta la de La Económica, angostamente medieval, donde el coche quedó inverosímilmente encajonado e inservible para nuestra captura. Los gendarmes tuvieron que trepar hasta el portón trasero del maletero para liberarse y continuar con el acoso.

Entre los nuestros se encontraba Justino, el Justi, herrado hasta la cadera por las secuelas de la poliomielitis infantil, siempre calzado con unas ajadas botas tobilleras de color marrón y confortado por una muleta, que resultó pieza fácil para la angustiada autoridad una vez pie en tierra.

Apresado y esposado lo observábamos a prudente distancia, mientras el Juanillo, descojonado, le gritaba:

- Justiiiiiiii: ¿ves cómo se coge antes al cojo que al mentiroso…?

Luego, lo de siempre: el Justi cantó los nombres de los colegas y hubo juicio de faltas al que yo asistí como testigo de la defensa porque nadie me reconoció como actor involucrado. Mas su señoría me expulsó por tratar, de modo displicente, de corregir a uno de los agentes que afirmaba haber sido, además de víctima de atentado a la autoridad en grado de tentativa, objeto de insulto y escarnio por parte del Juanillo que le había llamado “Bollero, Bollerín, Bolletere”, lo que el Juanillo desmintió, con mi anuencia y mi grito de apoyo desde las bancadas del público, porque, en verdad, le había dicho “Bollero, Bollerín, Bollerazo…” quedando yo así, afortunadamente, descalificado de por vida como colaborador de la Justicia y mi amigo condenado a multa y costas una de tantas veces más.

¡Qué cosas sucedieron en aquellos años…!

4 de Febrero de 2008

Tres días con Marisol

Archivado en: Recuerdos — D@vid @ 2:04 pm

Aquel invierno los días de las heladas se sucedieron unos sobre otros hasta dejar los caños de las fuentes completamente rígidos y con reflejos azulados. En los aleros, todas las mañana colgaban carámbanos nuevos cada vez más cercanos al suelo a los que los niños, camino de la escuela, quebrábamos el extremo para simular que comíamos un polo veraniego a lametones.

Apenas comenzado febrero, una tarde de domingo recién inaugurada marchamos una caterva de niños al parque de la Dehesa a ver la fuente de manantial solidificada -aquella fuente en la que si no habías caído ya de bruces no se te otrogaba la condición de soriano legítimo- y que era pórtico de un gran prado al que todavía hoy llamamos “el Alto de la Dehesa”, flanqueado por breves pinares con el oasis intermedio de La Rosaleda. Alguno observó que al chorro central del estanque lo abrazaba tal cantidad de capas de hielo que había obturado completamente la boca del conducto y propuso el juego de tirar piedras hasta que consiguiéramos liberarlo. Y a ello nos afanamos los ocho o diez zagales que componíamos la partida, con tan buen tino que uno le arreó tal chinazo que partió en dos el tubo y los hielos e hizo manar el agua, ahora líquida, a borbotones.

Al lado de la fuente y del estanque se ubicaban, como ahora, unos retretes públicos en los que un cuartucho separado servía de cobijo a la menguada mujeruca que los limpiaba y, a veces, en las frías jornadas sorianas, al guarda uniformado de pana marrón con cinto y bandolera en cuero negro. Alertado por el alboroto, brincó desde el refugio el vigilante, y observando el desaguisado emprendió con gran vocerío una persecución tras la chavalería que, obviamente, salimos de najas. Pero el guardián, aunque huero de un ojo, era un enjuto mozalbete recién llegado de algún pueblo y a la altura del antiguo parque de bomberos, trescientos metros más allá en línea recta, hizo presa de uno de los nuestros al que arrastró hasta el cuartelillo de los municipales como a un peligroso delincuente puesto que su jurisdicción era sólo forestal. Los fugitivos seguimos a distancia la maniobra, aterrorizados.

El pobre chico cantó hasta donde sabía, que no era mucho puesto que formábamos pandilla de conveniencia y no la componíamos asiduos. Pero con la sagacidad que les corresponde a los policías ante un reo de nueve años, sonsacaron el nombre de uno que también entonó el de otro, y así hasta que al cabo identificaron a todos.

Yo me refugié en casa temiendo la aparición repentina de las fuerzas de seguridad ante mi puerta, con los grises al frente para detenerme y gran aparato de luces y sirenas, avisos de megáfono, porras y esposas y mandamientos judiciales. Mas nada ocurrió… momentáneamente.

Ese mismo febrero la Revista Lecturas, aprovechando la aparición de un fenómeno mediático de la época, de una niña prodigiosa llamada Marisol, realizó un concurso cuyo premio consistía en que una pareja escogida de cada provincia viajaría a Madrid a conocer en persona a la artista y compartir con ella tres días de balde, a gastos pagados: todo un sueño para quien, como yo, había visto su primera película ¡nueve veces!, en sala grande y sacando entrada, y me sentía completamente enamorado de la pizpireta malagueña.

Como el negocio familiar era una librería, no tardé en convencer a mi madre para que me permitiera cortar el cupón sobre el que referir mis datos y mandarlo al certamen, con tanta suerte que salí seleccionado para la siguiente prueba en la que, entre diez niñas y otros tantos niños, un jurado escogía aquellos dos que presentaban más desparpajo, mejor saber estar y quién conoce qué otros arcanos de elección. ¡Y otra vez gané!

Las vísperas fueron tan excitantes que casi olvidé el incidente del parque: tuvimos una reunión con los organizadores en la que se entregaron los billetes de tren y las instrucciones apropiadas y consejos al uso.

Preparada la maleta, me guiaron mis padres hasta la estación y esperamos la llegada del Automotor (el desaparecido T.E.R. Madrid - Pamplona) en el que nunca había viajado aunque en dos ocasiones anteriores había ido ya a Madrid en máquina de vapor que cubría de carbonilla las manos, la vestimenta y el pelo de los pasajeros de los asientos de tercera.

En el vagón viajaban igualmente la parejita proveniente de Pamplona y una azafata al cuidado de los cuatro. La niña navarra resultó una morenita de media melena muy tupida y muy crespa, carita redonda y blanquísima como sus manos, y tan simpática que me hice su novio antes de llegar a Torralba.

Ya en la capital, subimos andando desde la Estación del Norte, acompañados de un porteador, al lujosos y recién estrenado hotel Príncipe Pío donde nos alojaríamos durante esos días.

La misma noche tuvimos el primer encuentro con Marisol que se acercó al establecimiento, nos saludó uno a uno y cenó con nosotros. Lucía un vaporoso vestido en color crudo que descubría sus rodillas entonces huesudas, con zapatos completamente planos a juego y una sonrisa alegre de cartel de cine de la Gran Vía . No sospechábamos que a la pobre estrella, cuatro años mayor que yo, le obligaban a fajarse los pechos, ya más que incipientes, para mantener una apariencia de pubertad que la naturaleza negaba. Mas no me causó gran impresión obnubilado como andaba con mi nueva novia a la que acariciaba la mano o prendía el talle, sin resistencia por su parte, en cuanto la ocasión era propicia.

Las jornadas, fatigosas y apasionantes, pasaron vertiginosas entre visitas a los estudios de rodaje, excursiones, citas con la actriz, ágapes y meriendas, presencia en programas de la televisión… y las conversaciones de platónicos enamorados con mi chica.

A la vuelta, en Alcalá de Henares, el tren se perfumó todo de olor a almendras garrapiñadas que asaban los vendedores casuales al pié de las vías. Compré dos mínimos estuches, uno para llevar como recuerdo a casa y otro que regalé a la niña preciosa de mi aventura, dilapidando así el resto de la pequeña fortuna que llevé al viaje.

En la parada de Soria despedí con un suave roce como un beso inesperado a mi novia pamplonica mientras ella sostenía la cajita de almendras, y aunque nos cambiamos alguna correspondencia y pequeñas fotos, la perdí en aquel andén para siempre. Qué avatares le habrán sobrevenido en su vida, he meditado muchas veces. ¿Me recordará aún como yo a ella?

En casa aguardaban todos, todos: familiares, conocidos, amigos, peleando por interrogarme acerca de cómo era Marisol, qué habíamos hecho, de qué hablamos, adónde nos habían llevado…

Finalmente, mi madre enseñó dos o tres revistas de la época en la que aparecía yo, nada menos que en portada, junto a la estrella… Y mi padre, una multa de cincuentas pesetas que me habían impuesto por la destrucción de la fuente de propiedad pública. Menos mal que el otro venturoso acontecimiento tapó la falta y alimentó el olvido.

Hoy, Pepa Flores cumple sesenta años y me gusta más ahora que entonces, me parece una mujer bravía con una vida valiente y comprometida, que ha escogido, y que, ya abuela, sigue inmensamente bella.

¡Felicidades!

22 de Diciembre de 2007

Días de radio

Archivado en: Recuerdos — D@vid @ 10:01 pm

Abultaba yo lo que un mico de cinco o seis años, nacido en el que desapareció la cartilla de racionamiento y criado con biberones de Pelargón en lugar del pecho materno. Como suplemento para evitar el raquitismo o la hambruna, algunos botes de rica leche en polvo (el único rastro del Plan Marshall que otorgaron los americanos a los súbditos de la dictadura fascista) a pesar de lo cual mis huesos simulaban barbacanas empujando a una piel magra debido a las recurrentes amigdalitis que me asolaban semana sí y quincena también.

Aparte del cine -al que, si se terciaba, le dedicaba las tardes enteras de los domingos (algunos de ellos entrando hasta a tres sesiones económicas en salas diferentes)- la radio protagonizaba el entretenimiento supremo de los hogares, sobre todo en los heladores y eternos inviernos de mi infancia. Y uno de los grandes acontecimientos era la retransmisión de programas en directo a los que asistía el público libremente y en los que se hacían concursos, tanto para las personas presentes en el estudio como para participar por teléfono.

Una noche de sábado descendimos sin permiso a la sala de estar, desde los dormitorios, mis hermanos mayores y yo para escuchar el programa estrella de la emisora local al que sabíamos que nuestros padres habían acudido.

El locutor convocó al personal para ver quién era capaz de recitar de memoria las primeras cinco o seis frases de El Quijote, y tras un par de intentos fallidos de algunos voluntarios distinguimos la voz de nuestro padre salmodiando con seguridad el comienzo de la universal obra de Cervantes.

El concurso debió reportarle unas cuantas pesetas de la época, todo un dineral por nada, pero sobre todo motivo de alegría y glosa de los parroquianos y familiares que alabaron la gran cultura de nuestro progenitor, maestro republicano represaliado por las hordas franquistas.

Radio Juventud de Soria retransmitía desde los altos del hermosísimo Palacio de Los Condes de Gómara (hoy felizmente recuperado para más nobles menesteres) donde convivían en total batiburrillo, fruto del más absoluto desprecio por la cultura en la época, desde el cine Proyecciones y el Hogar de la O.J.E. hasta un bar y una estación de autobuses al otro lado del imponente torreón del homenaje. El salón donde se producían los programas cara al público era un remedo de teatrillo con unas cuantas filas de asientos mullidos y cómodos, tapizados en verde, desde donde se podía contemplar la sala de control protegida por una sólida cristalera, y un escenario, con un piano de semicola a la izquierda, al que se accedía desde el patio de butacas subiendo tres o cuatro escalones movibles de madera desgastada.

También los más pequeños gozábamos de nuestro momento y, así, los domingos en sesión matinal daban la función del programa infantil El Mago Piruetas que oficiaba un fulano de la Falange disfrazado con sayón azulado, blancas barbas postizas y un capirote a juego adornado con estrellas mal cosidas a mano al que ayudaba en la presentación un familiar político de una tía nuestra, bautizado a mala uva como Saturio por nombre de pila.

Un día, después de la quijotesca intervención de mi padre, estaba yo en el salón de la radio cuando pidieron a los niños que subieran a contar un chiste a cambio de algún premio. Inmediatamente me acordé de uno que se decía repetidamente en nuestro negocio familiar (una librería) y que producía gran regocijo a quienes lo escuchaban sin que yo realmente hubiera atisbado la agudeza del asunto. Así que, para tratar de emular a mi padre, alcé sin titubear el brazo y, alcanzado el tablado, me respingué al micrófono para contarlo:

“Va Franco a ver al Papa y le dice:

- ¡Ay, Pío, Pío, Pío…!

Y el Papa le responde:

- Anda, no píes tanto que buen pájaro estás tú hecho.”

El familiar de mi tía trató brutalmente de taparme la boca pero el chascarrillo había volado ya por todo el éter soriano. Y el Mago Piruetas, descompuesto y a punto de rodar la caperuza estrellada por los suelos, se quedó con la bolsa de caramelos que en ley me correspondía por la perspicacia de mi ingenio.

Hay que situar los hechos en la España de finales de los cincuenta (plena posguerra a pesar de todo el tiempo que había transcurrido) y que mi padre era un “rojo”: cárcel segura por educar así a su vástago, sin respeto a su Excelencia el Jefe del Estado y General superlativo de todos los ejércitos, ni a su Santidad Pío XII, personaje que en sus ratos de ocio había bendecido los tanques y los avioncicos asesinos del fascio.

No sé qué mano me guió de vuelta, y el tumulto y barullo posterior fueron de carácter trágico. Y lo peor era la incomprensión y el aturdimiento que aquello me provocaba: me sentía absolutamente incapaz de asimilar la situación ni qué tan grave mal había yo infringido por duplicar lo que tan jocundo resultaba a los mayores.

Antes de la hora de comer apareció vociferante un preboste local del falangismo rampante, casado con una prima carnal, a pedirme explicaciones y tratar de reprenderme y fustigarme… ¡a una criatura de cinco años!

Recuerdo que me escondí y me encerré por dentro en una especie de leñera o carbonera que había en la cocina hasta que la marabunta fascista abandonó mi casa. No debió transcurrir demasiado tiempo pero fue el suficiente para decidir firmemente mi desprecio por siempre hacia aquella gentuza y lo que representaban.

Que yo sepa ninguna repercusión fatal afectó a mis progenitores mas yo aprendí de manera indeleble lo que significa temer al miedo, sin otra causa.

19 de Abril de 2007

Amnesia histórica

Archivado en: Actualidad, General, Recuerdos — Gabitones @ 10:55 pm

Al parecer, al PP le parece un “gravísimo error” la llamada ley de Memoria Histórica, y aún más erróneos sus últimos cambios para que salga adelante.

Según dice Zaplana, la ley distingue entre “buenos y malos”, “derriba el pilar fundamental de la concordia y la reconciliación”, “apuesta por la división”, por la “confrontación” y por “abrir las heridas” , “enfrenta a los españoles a cuenta del pasado” y “entierra definitivamente la transición” . Todo ¿Por qué? La verdad, yo no lo sé. Entendería esta reacción si se estuviese hablando de una ley como la Polaca, que se ceba con los que colaboraron con el régimen anterior. Pero esta… esta no me parece que vaya contra nadie. No se buscará a los culpables de la persecución política durante el franquismo. Nadie les juzgará. ni tan siquiera se les exigirá que pidan perdón. Es una ley para las víctimas.

Eduardo Zaplana dice que “solamente se repara el daño de unas víctimas y no de otras víctimas”. Curiosa afirmación, cuando las iglesias de nuestro país están plagadas de placas y monumentos dedicados a los “mártires por Dios y por España” de cada pueblo. Y cuando durante 40 años sólo se miró para los muertos de un bando y sus familias. Mientras, los parientes de los otros eran tratados como apestados en la mayoría de casos. Creo que los muertos y agraviados del bando franquista y sus familias han tenido sus 40 años de rehabilitación moral, legal, económica y en todos los sentidos. Ahora es tiempo de que dejen a los otros, a los que pasaron ese mismo tiempo en el exilio, en la clandestinidad, en las cárceles, o luchando contra el estigma de ser viuda o huérfano de un rojo. Sin duda, los dos bandos tuvieron muertos, pero el trato dispensado a unos y a otros fue muy diferente.

Luego, el portavoz del PP acaba diciendo algo que suena inverosímil pronunciado por él. Por lo visto cree que muchos socialistas “no asumen el complejo de haber sido hijos bien de la dictadura” porque “vivieron cómoda y tranquilamente” y ahora “tienen que borrar esa etapa como sea”. Después nos aclara que eso “no es necesario y nadie se lo va a echar en cara”.¡¡Por supuesto!!!… El PP no sería el partido más indicado para “echar en cara” nada de eso.

Fosa común

6 de Marzo de 2007

Presentación. Y más de lo mismo.

Archivado en: Actualidad, Recuerdos, Terrorismo — Gabitones @ 11:21 pm

Antes de nada, creo que me toca presentarme y agradecer la invitación de Puedoprometeryprometo para escribir algo. Un día entré aquí por casualidad y me pareció un sitio interesante donde poder comentar lo que me sugiere el panorama político de hoy.

Espero que, en lo sucesivo, sepáis disculpar la falta de estilo. Supongo que será cosa de haber elegido una formación más técnica que de letras, pero no tengo tantos recursos como alguno de vosotros a la hora de escribir. Intentaré suplir estas carencias aportando datos para argumentar sobre ellos. Por eso os recomendaría que no os saltárais todos, todos los enlaces.

Supongo que, si quiero escribir sobre algo de actualidad, no me queda más remedio que hablar sobre el tal de Juana. Digo “no me queda más remedio” porque no voy a ocultar que me resulta incómodo tener que aparecer como defensor de beneficios para un etarra o como abogado del gobierno del Pesoe. Sin embargo, la convicción de que debe prevalecer la legalidad frente a la venganza me hace estar de acuerdo con la decisión de Rubalcaba y en total desacuerdo con el aprovechamiento político y electoral de todo esto que está haciendo el PP, no por previsible menos lamentable.

Todo el mundo sabe que de Juana cometió varios atentados sangrientos que costaron 25 vidas, pero debiéramos tener bien claro también que, nos guste o no, ese hombre ya cumplió su condena por esos crímenes. La ley aplicable a de Juana dice que ahora mismo debiera estar en la calle por los atentados cometidos. Aunque ahora tenemos otro código penal, que, en la práctica supone la aceptación de hecho de la cadena perpetua -cosa aparentemente contraria al artículo 25 de nuestra Constitución-.

Como la oposición del PP puso el grito en el cielo cuando se enteró de que de Juana saldría de la cárcel, el Ministerio Fiscal “construyó imputaciones” para evitarlo. Esto es: buscó la manera de acusarlo de un delito adicional, a pesar de que la salida de la carcel de presos etarras por aplicación del código penal anterior no es nada nuevo. Hay números bastante claros sobre esto: 64 excarcelaciones antes de tiempo entre 1996 y el 2004 (antes incluso de cumplir el límite impuesto por la acumulación de condenas). Entonces, la oposición no hizo, ni una sola de esas 64 veces, lo que ahora está haciendo el PP.

El caso es que, esta “construcción de imputaciones” no es más que una manera encubierta de saltarse lo que nuestra -otras veces intocable- Constitución dice en su artículo 9 sobre la irretroactividad de las disposiciones sancionadoras. Esto es así porque se buscó como excusa 2 artículos (Gallizo, y El Escudo) que, a pesar de que habían pasado todos los filtros de correo de la cárcel, sirvieron para en un principio le cayeran 12 años. Una docena de años que, no sin manifestaciones de protesta, fue reducida a tres posteriormente.

No sé si mucha gente habrá leído los citados escritos que pueden suponer tres años en la cárcel, pero es conveniente recordar que es por eso por lo que ahora ese tipo está cumpliendo condena. A mi, personalmente, me parece excesivo ser condenado a tres años de cárcel por escribir, y, en particular, por escribir eso. Por muchas estupideces que pueda decir, el texto tiene un tono por lo menos igual de moderado, si no más, que el de ciertos tertulianos mañaneros. Si hacemos más odiosas comparaciones, buscando en la hemeroteca podemos ver cómo matar a una persona o dos o abusar sexualmente de un niño, o de una minusválida tiene la misma o menos condena que escribir esos textos.

A pesar de todo, dura lex, sed lex. El proceso legal dijo que la sentencia son tres años. Los jueces quisieron ver claras amenazas donde otros que lean el artículo sin juicios previos y sin conocer al reo, podrían ver únicamente críticas al sistema penitenciario. Son los jueces los que se supone que en ese momento tienen que interpretar la los hechos, y parece que ya lo han hecho.

El caso es que el de Juana ese protestó contra la sentencia con una huelga de hambre que, contra lo que dicen algunos, no era una función de teatro, sino que casi le lleva a morir como un “mártir” del santoral etarra, condenado por escribir dos artículos. En definitiva, un escenario estupendo para reactivar la violencia terrorista.

El gobierno intentó evitar su muerte y todas las consecuencias posteriores, aplicándole la estricta legalidad. Esas leyes que le condenaron a tres años le también le pueden conceder ciertos beneficios ahora, tras haber cumplido dos de ellos, por su estado de salud. Por supuesto, estos beneficios penitenciarios no son la primera vez que se aplican, ni mucho menos.

Si antes los que debían interpretar la norma eran unos, ahora son otros, pero la ley sigue siendo ley, aunque no guste. Para mi, esto no representa pagar “precio político” alguno. Aunque lo quisiera ver como una cesión, poca cesión me parece cambiar de régimen a un preso para que no muera durante su último año de condena -recordemos que sigue estando preso- si con ello se pueden evitar atentados y violencia. Y, sobre todo, muy barato me parecería el precio si con ello se consiguiese que Batasuna rechazase de una vez el terrorismo.

En definitiva, todo se ajusta a la ley y, a mi modo de ver, también se ajusta a la lógica de evitar males mayores. ¿Cuál es el factor que hace que ahora se exija “construir imputaciones” cuando hasta ahora no se hacía? ¿Cuál es el elemento que hace que, los mismos que antes pedían piedad con los terroristas en huelga de hambre, denunciando al estado como torturador, ahora pidan la muerte en prisión? ¿Por qué los que acercaron 43 presos de ETA, mientras había un hombre secuestrado y decían abiertamente que era para evitar la muerte de ese señor ahora dicen que acercar a uno al que le queda un año de cárcel es la “rendición del estado”?

Esta utilización del terrorismo que hace el PP, olvidándose de que ellos cedieron mucho más cuando les tocaba -con hechos y con palabras- es lo que más me disgusta. De haberse comportado como hasta ahora habían venido haciendo los partidos a los que le tocó estar en la oposición, -esto es: aceptando las decisiones del gobierno de turno- no estaríamos viviendo este repugnante clima de odio y crispación en el panorama político.

En resumen, decisiones como esta, que suponen mínimas concesiones, dentro de la legalidad, para evitar males mayores, se han visto muchas hasta ahora. Sin embargo, la respuesta de la oposición no se había presentado de un modo tan feroz y oportunista hasta esta legislatura. De hecho, las decisiones sobre terrorismo de los gobiernos de turno, en la práctica, no sufrían críticas desde el principal partido de la oposición… hasta que la oposición la ocupó el PP.

Perdón por el rollazo, aún más teniendo en cuenta el empacho de de Juana que sufrimos.

Spot the chicken.

Actualización: Fuente de la foto. RinzeWind. http://manifestometro.blogspot.com/

10 de Enero de 2007

Malos tiempos para la lírica

Archivado en: Recuerdos, Terrorismo — D@vid @ 12:46 am

Tengo un amigo de la infancia con el que perdí hace años contacto al trasladarse él a Torrevieja, continuando sus negocios de hostelería que anteriormente le trajeron a Madrid, y con el que guardaba varios recuerdos de vida imborrables: fue el primero que me abrió la cabeza de un tejazo y el que salvó mi dignidad y honor, muchos años después, cuando lo encontré al frente de la barra de la cantina de militares en mi efímero destino miliciano en Melilla: él era el jefe de la droga alcohólica que desde buena mañana trasegaban los oficiales y que me consiguió, sin esfuerzo aparente, el traslado inmediato a mi cómodo y recomendado destino en la capital.

Cuando lo reencontré en Madrid, en su minúsculo bar del barrio de La Prosperidad, se había casado en segundas con una vasca guipuzcoana, recia y casi viril, una mujerona llena de mechas y de mala leche y de buenas maneras culinarias (no podía ser de otra manera), hermana de etarras exiliados en París y con la lengua fresca y ensalivada para rajar sobre Intxaurrondo y todas las torturas y vejaciones que allí sufrieron los detenidos, fueran sospechosos o no o simplemente componentes de la misma cuadrilla de txikitos que los implicados. Aquello significó en España una especie de Guantánamo en cutre y provinciano, con la misma carga de indignidad, alimentado por suculentas recompensas para los guardias civiles sádicos y del que yo, inocentemente, negaba y renegaba porque no se ajustaba a las coordenadas mentales de lo que para mí significaba la democracia y sus principios básicos.

Tuve agrias discusiones con ella hasta que decidí que mi amistad con su marido no podía pagar el precio de la desunión por tal asunto. Él solía callar y, como buen tabernero, no entraba al trapo de nuestras trifulcas: sólo quería mi dinero y el de mis invitados. Luego, no mucho más tarde y ya reinstalado el matrimonio en una tasca aledaña al Rastro, doblegué mis opiniones y, de mala gana, no tuve otra que reconocerle su razón: tiempos amargos, en todos los sentidos.

Ya entonces me percaté de que resultaba imposible tratar de dialogar con gente cuya longitud de onda no solamente está fuera del espectro de un individuo normal sino que su plano de razonamiento, sus coordenadas, no resultan alcanzables para una mente racional. Pero creí que el mago Rubalcaba sabría deshacer el hechizo y les haría entrar en razón.

Frente a ese fascismo de corte radical, se yergue el mismo fascismo que practican la AVT, ariete del PP, y los obispos que alientan al repelente Losdiablos, guía espiritual de los dirigentes del PP, y que amenaza a los ecuatorianos recordándoles que donde ellos trabajan y residen son “comunidades del PP” (¡qué sentido patrimonial: la calle es mía, una vez más!) y pueden verse afectados por recortes en subsidios y subvenciones: por el culo se las pueden meter si fuera yo el destinatario.

Por tanto, con estos mimbres (los asesinos de un lado y los potenciales terroristas del otro), ¿qué podemos esperar?

Malos tiempos para la lírica, señor Zapatero.

10 de Mayo de 2006

Los Tramposos

Archivado en: Recuerdos — D@vid @ 10:47 pm


Siendo muy niño me quedé solo por primera vez en mi casa paterna por culpa de la salida nocturna de mis padres y hermanos para asistir a la proyección de la película española “Los Tramposos” cuyo argumento trata sobre las aventuras de dos golfos madrileños que sobreviven con el “toco mocho”, apostando como “trileros” o del timo de la estampita durante la eterna posguerra española.

Nunca les perdoné, posiblemente más por el amago de engañarme y no informarme de sus intenciones que por las turbaciones de mi indeseada soledad: seguramente me quedé dormido mucho antes de que mi familia se ausentara.

El caso es que los comentarios que escuché al día siguiente acerca de la película, el argumento, la interpretación de los actores, me impactó de tal modo que comencé a sospechar que los timadores eran los buenos y las víctimas engañadas realmente los fulleros. Ya, más adulto, siempre tuve la convicción moral de que ambas conductas merecían ser reprimidas y condenadas pero con mayor rigor la de los presuntos engañados.

No muchos años después se inauguró la época de los fraudes franquistas (así las denomino porque eran hombres del régimen los implicados) con el asunto Sofico, los aceites de Redondela y los telares de Matesa con sus derivaciones e implicaciones en el Opus Dei. Más tarde comenzaron las estafas bancarias de las remuneraciones con extra tipos ilegales para depósitos dinerarios sin declarar (Banca Catalana y Jordi Pujol supieron sobradamente de esas prácticas) y otros fraudes de menor impacto económico y calado social.

Todos aquellos escándalos y corruptelas tuvieron un efecto contrario totalmente positivo: la creación de un sistema bancario tan seguro y fiable que hoy no tiene parangón en nuestro continente ni, posiblemente, en el mundo. Eso sí, a costa de la dotación de fondos de garantía que pagamos, de un modo u otro, todos los españoles en favor de los plutócratas.

Sin embargo los paisanos, desde nuestro poso siempre pícaro y tramposo, seguimos pensando que somos más listos que el vecino y cobramos los euros a doscientas pesetas. Lo que no es admisible es que pervivan chiringuitos financieros y entidades como Afinsa o Forum Filatélico con un nivel de control prácticamente nulo por parte de los estamentos oficiales.

No deseo la ruina de nadie (bueno, la de Botín sí pero esa afectaría, seguro, a mi bolsillo, así que tampoco) pero a mí que no me pidan pasta para cubrir el desfalco de esos golfos que ocultan miles de billetes de a quinientos en falsas paredes. Y los afectados, que se hubieran aplicado aquello de que nadie vende duros a cuatro pesetas: los auditores y las aseguradoras ya estaban sobre la pista. Y eso es información pública al alcance de cualquier inversor.

A espalibalar mientras no tengamos amparo legal.

25 de Abril de 2006

Recordando… agradeciendo…

Archivado en: Recuerdos — D@vid @ 7:05 pm


Recuerdo con gratitud y cariño y con especial predilección a un profesor de literatura que impartía sus clases en Córdoba, allá por los finales de los mágicos años sesenta, cuando reinaban The Beatles en las mentes y en las ansias de cambio de todos los adolescentes europeos, incluidos los forzados jovenzuelos carpetovetónicos de aquí, entre los que me encontraba.

Si no era el más conspicuo de los maestros sí, al menos, demostró ser el de más e imponente sentido común que en enseñante alguno, antes y después, haya yo reconocido: el primer día lectivo, al poco de las corteses presentaciones, mostró el suelto del programa del libro de Literatura e, instantáneamente, sentenció sin posibilidad de recurso: señores, esto es lo que tienen ustedes que estudiar, por lo que van a examinarse y por lo que yo y el estado (teníamos prueba de reválida también en aquel año) les vamos a suspender o aprobar. Así que aplíquense; yo, les voy a enseñar literatura.

Aquel hombre era un joven dominico, aspirante a curita todavía sin tomar las órdenes, enjuto como una aliaga, cabalgando enormes lentes de miopía sobre su napia, que dejó boquiabierto al aula que componíamos los cuarenta morlacos que frisábamos los dieciséis años, todos muy aventajados alumnos de la laboral de Córdoba: sin excepción estábamos generosamente becados, y la nota mínima para aspirar a esa ayuda económica debía superar la media de siete y medio, sin posibles suspensos en primera convocatoria de junio. Es decir, la mejor materia en bruto que un catedrático artesano, amante de su oficio, pudiera desear.

Entonces nos contó su plan: primer trimestre, Quevedo y los clásicos del Siglo de Oro; segundo, los místicos con Juan y Teresa (así los llamaba él); y, finalmente, poesía y pensamiento de la generación del 27, con Dámaso Alonso a la cabeza. Y el programa oficial, por nuestra cuenta.

Huelga confirmar que todos aprobamos sobradamente, tanto el curso como la famosa reválida. Mas también hay que resaltar que por primera vez en nuestras vidas (y para muchos, por siempre) aprendimos literatura y, sobre todo, nos enamoramos perdidamente de ella, de la poesía, de los clásicos, de todo aquel material escrito que, a partir de entonces, soportara nuestra fundada mirada crítica y nuestro refinado gusto.

No sé la razón por la que hoy, día de mi cumpleaños, he rememorado este episodio trascendental y feliz de mi existencia. Quizás porque me ha ocupado durante toda esta jornada, insistentemente, el pensamiento literario de por qué, cuanto más mayor, cuanto más acaricias los recuerdos desgastados y menos los sientes, se hace más difícil cumplir años: tal vez porque cada vez más te tiemblan las excusas, te fallan las coartadas para seguir viviendo…

P.D. Por estas cosas y muchas más, me dice mi insuperable poyuela (www.lamaladelapelicula.com) que soy un “orejas”… o eso creo: gracias por tanta hermosura que sabes imaginar para los demás y, a veces, degustar de la que tanto te queremos.

22 de Febrero de 2006

Mi pequeño 23F

Archivado en: Recuerdos — D@vid @ 8:07 pm


Hace veinticinco años me afanaba en convertirme en lo que entonces denominábamos un ejecutivo agresivo: todavía no se estilaban los anglicismos y solamente contábamos unos cuantos el privilegio de chapurrear inglés, así que nunca llegué a ser un yuppie.

Portaba, además, orgullosamente la vitola de haber luchado contra el franquismo y el arrojo que otorgaba el participar en la transición como ciudadano activo y militante de la balbuciente democracia.

Al las 17:40 me encontraba en unas oficinas de la ya entonces muy representativa calle Serrano de Madrid, reunido con otros colegas y planificando la apertura de un banco extranjero, cuando comenzamos a escuchar sirenas que provenían tanto del paseo de la Castellana como de la propia avenida a la que asomaban nuestra ventanas.

En aquella época estábamos demasiado familiarizados con los brutales atentados de la banda terrorista ETA como para intuir que pudiera suceder cualquier otra cosa, y así lo asumimos e intentamos centrarnos en nuestros asuntos.

Pero el ruido, además de no cesar, se incrementaba a cada instante por lo que alguno interrumpió el comité y comentó con preocupación, desde su visión de la calle, que algo realmente importante debía estar aconteciendo porque resultaba masiva la afluencia de coches de policía (”las lecheras” las habíamos bautizado por su color blanco), todos en la misma dirección.

Inmediatamente me acerqué hasta mi despacho y telefoneé a mi mujer: no había medio más eficaz para conocer la actualidad porque en mi casa siempre estaba la radio encendida. Me informó escuetamente y sin aparente preocupación de lo que había presenciado a través de la televisión (también entonces seguíamos interesadísimos los debates parlamentarios) y me quedé totalmente estupefacto: la guardia civil se había liado a tiros en el Congreso de los Diputados y desconocíamos, momentáneamente, otro pormenor. Alguien confesó poseer un transistor (no estaba laboralmente bien visto) que sintonizamos sin demora. Y aquello supuso el mayor susto de nuestras vidas.

En seguida cada uno partió hacia su domicilio. Yo, con la inquietud de saber si al día siguiente, además de perder mi trabajo, podría ser objeto de alguna represalia así como cualquier otro miembro de mi familia porque para esas fechas ya habíamos alardeado nuestros idearios políticos nada afines a los fascistas ni a la represora guardia civil franquista.

La tranquilidad llenó mi ánimo cuando comprobé que las emisoras de radio continuaron emitiendo toda la tarde y que el diario El País, poco antes de media noche, sacaba una edición especial en defensa de la Constitución que salí, ya sin temor, a comprar: la chapuza estaba consumada por ese glorioso ejército que había empleado el último siglo en dar la vuelta al mundo… en retirada, por supuesto.

Tengo muchos más recuerdos minuciosos de aquellas horas, de esos días, de la gente que me acompañaba y de lo que comentábamos. Y cuento todo esto porque deseo fervientemente que ninguno de mis hijos llame un día a la casa de la memoria -en la que todavía se refugia la más abyecta y execrable historia de este país que algunos añoran y veneran- para encontrar otra cosa que progreso, libertad y justicia social.

Nada hay esclarecido sobre aquellos acontecimientos (sobre todo acerca de la trama civil) a pesar del proceso penal que le siguió y de la pródiga bibliografía editada sobre el tema. Pero para quien no esté al tanto: mañana se conmemora el 23F en muchos cuartos de banderas de nuestros cuarteles. Ellos sabrán por qué celebran una derrota a manos de limpios ciudadanos desarmados, acompañados y jaleados por paisanos afines y votantes del P.P. que, como el delincuente Tejero, ya han añadido su firma en contra del Estatuto catalán. ¡Menudos compañeros de viaje!

Powered by WordPress