Retazos de infancia
Nací en una casa imposible, jamás imaginada en cuentos o contada en novelas. La casa familiar era vertical, como una cascada, partida en su mitad.
No existía portal alguno porque el negocio familiar, una librería que se titulaba sin pretensiones y equívocamente Kiosco Lecturas (la solución de subsistencia que buscó mi buen padre, maestro de convicciones republicanas y socialista de militancia, exiliado en la Francia ocupada y a su regreso expoliado de su título profesional) hacía las veces de puerta y zaguán al que se accedía desde la calle tras subir un alto escalón gris con motas negras de difícil o desconocida composición.
La fachada estaba flanqueada por dos tenderetes en madera verde donde se colgaban las revistas y diarios abrazados con pinzas para la ropa. Un toldo desgastado, que fue marrón, protegía las publicaciones de los destructores rayos del sol de mediodía y que los hermanos pugnábamos por bajar con el gancho de hierro que se escondía en el interior, al final de un mostrador en ángulo recto con expositores de cristal en sus bajos donde refulgían los estuches de las estilográficas. A su izquierda, haciendo pasillo, se elevaban hasta el techo estanterías de madera también verde repletas de libros clásicos y novedosos para su venta.
Esparcidos, algunos anuncios manuscritos con la impecable caligrafía de escuela antigua de mi padre que pregonaban la compra, venta y alquiler de novelas (básicamente del Oeste, escritas por Manuel Lafuente Estefanía, y relatos románticos firmados por Corín Tellado) perfectamente alineadas en alargados y estrechos cajones, manufacturados probablemente por las hábiles y poderosas manos de nuestro progenitor, barnizados en ocre oscuro y ajustados a la medida de las publicaciones que se ofrecían a la clientela.
También se reparaban plumas y se cosían puntos a las medias.
Al fondo del local, dos amplios escalones en los que yo ojeaba y carcajeaba La Codorniz conducían al absurdo: a la derecha una escalera que llevaba al purgatorio, y al fondo… una cocina que pertenecía a la familia con la que compartíamos el edificio y que inundaba todas las estancias de olor de marmita aguada con mondas de patatas flotando, tocino rancio y berza, y también de mugre, de falta de ventilación y mínima higiene.
Subiendo la escalera, las tinieblas, la oscuridad y el espanto en el rellano donde se adivinaban dos estancias jamás visitadas, solamente intuidas, y en las que una anciana horrenda, con blonda melena a la que despojaba incansable de las costras de caspas empuñando melladas peinetas de nácar, enseñando adelantada una nariz aguileña que asomaba siempre en mis pesadillas, y a la que jamás escuché voz alguna sino solamente gruñidos de animal perturbado.
Salvado el escollo, a toda prisa y enloquecida carrera si era ya la noche, alcanzaba la puerta familiar que se abría desde el exterior por medio de una cuerda que atravesaba la hoja por un agujero y atada, por el lado interno, al pestillo. Tras otro corto tramo de empinadas escaleras, el paraíso, la cocina familiar fundida en el color negro del hierro y alimentada por leña o carbón.
Justo enfrente, tras un mínimo pasillo del que también arrancaba el camino hacia las habitaciones superiores, la sala familiar: suelo encerado de baldosín rojo que soportaba un trinchero, una gran mesa camilla, casi desvencijada, que en sus entrañas escondía el brasero de cisco con badil y rejilla de alambres, y un mueble a media altura del que se descolgaba una cama turca en la que yo, frecuentemente, combatía los febriles y continuos episodios de amigdalitis.
Un balcón asomaba el rumor de la vida casi escondida, en estado latente, de mi pequeña ciudad. A su izquierda, un minúsculo aparador en el que “la Vitoria” trabajaba por las mañanas cogiendo puntos a las medias y que cuando ella emigró a Alemania se convirtió en el soporte de una hermosa radio con un ojo verde y triangular, equipada con el último adelanto del pick-up con apertura por la parte superior, y con onda corta desde la que tratábamos de escuchar el boletín informativo en español de Radio París, a las once de la noche. Justo enfrente, en la otra pared, una máquina de coser marca Singer que delataba cierto desahogo económico en nuestro circulo familiar.
Y el frío. Frío en total abundancia y anarquía para sentirlo desde cualquier rincón de la casa y penetrar en cualquier parte del cuerpo.
Había, no obstante, un momento mágico justo antes de dormir: mi madre retiraba la mesa hacia el interior de la sala para protegernos del gélido relente que se colaba por los desajustados cierres del ventanal y, milagrosamente, quedaban al descubierto unas cuantas baldosas que conservaban el calor y sobre las que apuraba con deleite mis últimos minutos de juegos solitario antes de retirarme a la cama.
En el piso superior se encontraban dos dormitorios: uno, el de matrimonio, amplio, vestido con un armario de tres cuerpos y un balcón que daba al exterior desde el que contemplábamos los fuegos artificiales de la fiestas, las cabalgatas de la víspera del día de Reyes o la entrada de “La Saca” y la salida de “Las Bailas” en San Juan. El otro, pequeño e interior, lo compartimos durante tiempo mi hermano Julián y yo.
Nos acompañaba mi madre a la hora de acostarnos, pertrechada con un frasco de alcohol de quemar y una palangana o un plato de metal esmaltado en el que vertía y prendía el líquido mientras nos desnudábamos, únicamente de lo imprescindible, para evitar aterirnos durante la operación.
Ya dentro de la cama, nos aguardaba un calorífero de arena o una bolsa de agua caliente en la que los cuatro pies peleaban duramente, bajo la montaña de mantas, por encontrar el mejor y más confortable acomodo.
No recuerdo cuándo ni por qué dejamos de soñar juntos, pero para mí supuso el exilio total: primero, expulsado del dormitorio parental; luego, del amparo de mi hermano que, inconscientemente, reparó los pesares de muchas zozobras nocturnas e infantiles.
Nunca más me encontré ya protegido.
Aclaración: Cuento todo esto (y podría continuar muchísimo más) porque mañana es el cumpleaños de mi hermano Julián al que le adorna la redonda cifra de sesenta años aunque no los aparenta. Y porque no se me ha ocurrido mejor manera para desearle felicidad. Y porque, seguro, seguro, me comentará este post y corregirá detalles, recuerdos que probablemente yo he fantaseado. Pero serán igualmente nostálgicos y hermosos. También seguro.



