puedo prometer y prometo

6 de Marzo de 2008

Vísperas de Reyes

Archivado en: Recuerdos — D@vid @ 1:41 pm

Determinó el destino (y probablemente también la fatalidad) intercalarme como el tercero de cuatro varones, con la suficiente diferencia de años entre los mayores y el menor para quedar siempre en tierra de nadie, sin alianzas negociables, en ese territorio en el que los hermanos francotiradores te aciertan siempre en lo más íntimo o en lo más doloroso porque, a más de otras causas, no hay otro objetivo tan débil y descubierto al que cañonear.

En ese estado de sitio llegaron las vísperas de un día de Reyes que, por mi edad, esperaba ya con la reticencia inquietante y la incertidumbre insoportable de quien se amosca como un marido burlado, del que se debate entre el sabor amargo de los celos inciertos o la gangrena mortal de la duda permanente.

Ya en la escuela algunos rumores me había partido la inocencia, y la verdad sobre los Reyes Magos comenzaba a socavar los más firmes pilares de mi infancia que se desvanecía inexorablemente para siempre.

Como entre los púberes hay siempre un aliño adicional de mala uva para herir y cebarse en la aflicción, una mañana mis hermanos confirmaron mis peores presagios, y conduciéndome al cuarto de mis padres me mostraron, entre las sábanas perfumadas de fragante jabón casero, secadas entre el límpido aire y el resol invernal, algún regalo que mi madre había escondido mientras falsificaba la llegaban de los Reyes de Oriente…

Aquel enero de vacaciones navideñas se comportaba benevolente, con escasos hielos matinales y alguna neblina disipada apenas por la endeble fuerza del mediodía pero que dejaba al descubierto breves y hermosos celajes, propiciando el libertino goce de las calles al que la gatería de mi pandilla estábamos acostumbrados, ya puesta la ilusión y los comentarios todos sobre los juguetes que codiciábamos. Pero después de la fatal revelación me encerré en la casa ante la extrañeza de mi madre que no tardó en preguntar acerca de mi repentina tristeza.

Entre sollozos, le confesé lo acontecido sin que ella le diera importancia y aportándome una explicación extraña y mágica. Tanto fue así que llegada la víspera de Reyes me acompañó a ver la cabalgata nocturna y luego a la recepción que entonces daban sus Majestades a todos los niños en el Palacio de la Diputación y en la que cada uno se acercaba a su Rey favorito: esas son algunas de las inigualables prebendas que se otorgan con munificencia a los nacidos en una pequeña capital de provincias.

Para el tercero de una saga no había posible elección sino el que tocaba, y llegado el momento me acerqué al que mis hermanos forzosamente me consignaron, Melchor, que me aupó a su regazo, y tras una pausa de sonrisa afable y algo picante me dijo:

- De modo que tú no crees en los Reyes, me ha dicho un pajarito, porque tus hermanos te han enseñado el secreto de dónde guardo yo los regalos…

Nadie puede imaginar lo que entonces sentí: nunca he vuelto a experimentar semejante mezcla de sorpresa, de vergüenza, de zozobra, de incontenible entusiasmo… y noté el sonrojo invadiendo mis mejillas como un río de lava súbito mientras continuábamos con las confidencias que el Mago, aquella criatura demudada y desconocida, trataba con sorprendente y fascinante familiaridad.

Al día siguiente, frente al balcón en el interior del dormitorio de mis padres, allí estaban los juguetes, incluido el que cruelmente me fue descubierto pero rodeado de un impresionante Fort Apache, con figuritas de indios y vaqueros a lomos de sus caballos de caucho, algunos dulces, una caja de pinturas Alpino con embriagantes aromas a madera y otras pequeñeces.

Aunque fue la última noche en la que conservé la inocencia, nunca indagué acerca del incidente con el Rey Mago, y solamente muchos años después, de forma espontánea, probablemente en alguna sobremesa, mi madre confesó que un amigo de la familia se vistió aquel año de Melchor… y que, naturalmente, había sido profusamente prevenido de toda la peripecia.

¡Buena madre que supo conservar la ingenua ilusión, y más aún por ser la postrera!

4 Responses to “Vísperas de Reyes”

  1. lamaladelapelicula Says:

    Me encanta leerte papi, me saca del mundo por un ratito y eso no es muy sencillo. Gracias por dejarnos un trozo de ti por aquí

  2. Ariadna Says:

    Me encanta leer historias de cuando erais peques…

    Dice mi padre, ese hermano malvado que te enseñó los juguetes, que no recuerda tal hazaña por su parte… Que la única anécdota que recuerda referente a los Reyes Magos es la de Cristian cuando le dijeron que los Reyes eran lo padres (por cierto, yo no la conocía y casi me da algo cuando me la contó)

    Qué estupenda la abuela haciendo lo posible por que conservaras la ilusión!!

    Besos

  3. D@vid Says:

    Pues mi hija también me ha preguntado si es cierta la cuestión, y es verdadera de verdad, con tu padre y el tío como protagonistas, los muy cabroncetes. El regalo era un pequeño puzzel, rompecabezas que decíamos entonces.

    Y dile que el personaje que se disfrazó de Rey era Rafael Bermejo, de quien, por casualidad, he estado viendo fotos en un libro sobre la historia de la radio en Soria, en la que también aparece el mago Piruetas y una hada que trabajaba con él y de la que yo, al menos, no guardo recuerdo alguno.

  4. D@vid Says:

    Ah, por cierto: lo de Cristian lo escribí por aquí hace un tiempo. Creo que se titulaba los Reyes no son los padres o algo parecido.

    Mira, he encontrado el link: http://www.puedoprometeryprometo.com/2005/07/17/los-reyes-no-son-lo-padres.html

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